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Fernando

 

 

 

Dieciocho relatos móviles

Edición de Fernando Marías, Silvia Pérez y Marta Rivera de la Cruz

 

 

  

MIEDO A LA MUJER INTRÉPIDA

  

  ¿Sabemos por qué amamos a las personas que amamos? Por lo general nos permitimos creer que sí, pero incluso cuando ignoramos el origen y causas de nuestro amor nos queda, nos sigue quedando, el consuelo del sentimiento y de su intensidad, que con toda nuestra capacidad queremos suponer y suponemos real:

   Te amo. Sé que te amo. Aunque no sepa por qué.

   Pero ¿es posible sentir esa fascinación, llamémosla enamoramiento, por alguien a quien jamás hemos visto? Alguien de quien desconocemos el sonido de su voz y la capacidad de embrujo de su mirada, los matices cómplices que su sonrisa sabría dedicarnos o la sensualidad específica con la que alentaría nuestro deseo? Alguien que podría albergar el cielo pero también, por qué no, la puerta entreabierta de acceso al infierno. ¿Fue eso, llamémoslo enamoramiento, lo que se desencadenó alrededor de la desconocida que, desde el otro lado del mundo, irrumpió de pronto en mi vida? La mujer invisible e incierta, la mujer que podía ser irreal...

   Todo comenzó cierto inhóspito día invernal, en un pueblo costero típicamente turístico. Con el pie vendado apoyado sobre la barandilla de la terraza, luchaba contra la resignación contemplando el amanecer desde el lujoso hotel donde me habían alojado. El pueblo, a un par de kilómetros al final de la colina, se hallaba desierto y en calma bajo la lluvia débil e interminable, como una fotografía en blanco y negro de sí mismo en la que ni el mar, al fondo, tuviera fuerzas para agitarse. Las casitas sin flores y las calles empinadas parecían convalecer, junto a las piscinas vacías y las tabernas cerradas, a la espera de la nueva temporada alta. Un amigo escritor considera a los veraneantes hormigas insaciables, marabunta bípeda y hortera que llega en junio para arrasar a conciencia el entorno hasta su partida tres meses después. Pues bien, en esos momentos me habría encantado ser uno de ellos, ver curado por arte de magia el esguince de mi pie izquierdo y poder largarme a toda prisa, aunque solo fuera por el placer de contrariar a la rancia doctora local, que sin miramientos me había prohibido conducir en mi estado de regreso a la ciudad. Lo intenté a pesar de todo, pero hube de renunciar antes de llegar a la carretera principal, derrotado por el dolor, la fiebre repentina y el miedo a un accidente más grave. Así que ahí me encontraba: un cineasta a punto de empezar el proyecto de su vida, la gran coproducción europea del año, llena de espadachines, efectos especiales y aventuras marítimas, cuyo rodaje se iba a tener que posponer sin remedio, por causa de un absurdo resbalón en la escalera de piedra del puerto costero donde me había desplazado para localizar exteriores. Un cineasta inmóvil, envidioso de las hormigas carnívoras y horteras pero capaces de valerse por sí mismas.         

   -Hubo suerte, señor. Ya le dije que tenía que estar en alguna parte –dijo a mi espalda la voz de la camarera, justo antes de que su cuerpo rechoncho e inquieto apareciera junto a mí y depositara sobre la mesa una caja de cartón con media docena de cargadores de móvil diferentes en su interior

   Me lancé a por ellos con tal impaciencia que el talón del pie herido, todavía torpe, chocó contra las baldosas del suelo descargando un trallazo de dolor e ira pierna arriba en dirección al cerebro. Inspiré profundamente, logrando no gritar ni maldecir, y sonreí agradecido a la camarera. Cuando se hubo ido saqué mi móvil del bolsillo superior de la camisa. Tenía la batería descargada desde la víspera, y no me había preocupado por traer el cargador dado que iba a estar fuera de Madrid poco más de un día. Desconectado del exterior y sin posibilidad de acceso a mi agenda me sentía como un nadador sin agua alrededor, sin agua cerca o lejos, sin agua en ninguna parte. Me encomendé a los dioses de la caja de cartón, puse el móvil sobre la mesa y alineé junto a él los seis cargadores, uno de los cuales venía aún conectado a un teléfono antiguo, por lo menos modelo del año anterior, que reconocí porque había tenido uno igual. Respiré hondo y probé a insertar las diferentes clavijas en mi móvil. Como cabía suponer en un caso así, ninguna sirvió. Intenté resignarme. No lo conseguí, y fue el enfado consiguiente el que me sugirió encender el viejo móvil de la caja. Tal vez funcionaba aún, y podría utilizarlo para llamar y sentirme menos desvalido. Lo conecté casi a hurtadillas, verificando antes que la camarera se hubiese alejado lo suficiente, con la sensación de ser un espía o un criminal. Los móviles pueden llegar a contener nuestras vidas hasta tal punto que husmear sin permiso en el teléfono de otra persona constituye una intolerable intromisión en la intimidad ajena. En mi caso, sirvió como justificante la impaciencia por llamar a mi secretaria, Consuelo, que en ese momento debía ya de venir por la autopista, pisando a fondo el acelerador, para llevarme de regreso a Madrid.

   Pulsé la tecla. Las luces del panel parpadearon. Sonó el pitido de bienvenida. La batería parecía cargada, al menos en parte, a pesar de llevar el móvil abandonado quién sabe cuánto tiempo. Me sentí eufórico durante un instante, hasta que comprendí que a continuación se me pediría la contraseña de acceso y ahí acabaría todo… Sin embargo el teléfono, milagrosamente, no estaba protegido. A toda prisa, como si supiera que me había sido otorgado un tiempo corto que ya corría en contra, marqué a modo de prueba mi propio número. Me estremecí al escuchar la voz de la operadora informando que me hallaba desconectado. Mi buzón se había desactivado, y un vértigo de ansiedad me culebreó en el estómago al imaginar a los inversores franceses y alemanes de mi película, a mis jefes de equipo y a ciertos representantes de actores escuchando desde la víspera, encolerizados, que yo “me hallaba desconectado”… a tan solo unos pocos días del rodaje. Consuelo parecía el único consuelo. Comencé a marcar su número pero mi pulgar, tras pulsar la tecla del 6, se detuvo ahí, paralizado, inútil y desvalido. ¿Cuántas veces había dicho yo mismo que hoy en día nadie memoriza los números a los que llama, ni siquiera los frecuentes? Eso somos sin la agenda del móvil: nadadores sin agua. Maldije, esta vez sí, y me dispuse a subir de nuevo el pie sobre la barandilla, resignado a contemplar la monótona lluvia gris sobre el pueblo, cuando el viejo teléfono vibró en mi mano, avisando de la entrada de un mensaje de texto. Dudé, mirando a un lado y a otro para comprobar que la camarera ya no andaba por allí, y abrí la pantalla correspondiente. ¿Cómo de aburrida sería nuestra vida sin ciertas concesiones a la inmoralidad leve? Ese llevaba siendo mi lema mucho tiempo, y no iba a renunciar a él ahora.

   El mensaje había sido remitido por “Vera”. Cuatro letras que podían ser un apellido,  las siglas de una sociedad, el nombre de un pueblo o también el de una mujer:

 

Estamos llegando, amor. Carretera fatal. Sol y humedad tipo caribe. A ver qué me encuentro al llegar. Muchas ganas. Y miedo, para qué te voy a engañar. Manda sms, necesito saberte ahí. Tqm. Bss.

Desde: Vera 12.22 2-ENE.07

 

   Analizar la realidad requiere justo lo contrario que se necesita para construir con verosimilitud un guión de cine. En el guión tienes una historia que contar y vas sumando elementos y detalles para que la narración resulte creíble, real. En cambio, los hechos efectivamente acontecidos en la realidad suceden ajenos a nosotros, y si queremos conocer la verdadera historia que entrañan debemos adentrarnos en sus detalles como un picador en la piedra; deconstruir lo acontecido en vez de construir, como en el guión, lo imaginado.

   Vera (¿Hombre o mujer? En todo caso la palabra “amor” parecía indicar una relación sentimental con la persona que había olvidado el móvil en el hotel) se hallaba en el Caribe a las 12.22 del 2 de enero de 2007. Yo había abierto el mensaje el 9 de enero por la mañana, aproximadamente una semana después... La proximidad temporal indicaba que el propietario debía de haber extraviado el teléfono hacía poco, tal vez la misma víspera; tal vez en esos momentos regresaba hacia el hotel en su busca. El texto hablaba de las vacaciones al sol de un –o una- turista de nacionalidad española llegando al hotel por una carretera en pésimas condiciones, como casi todas las centroamericanas. Todo convencional e inocente, salvo la palabra “miedo”. ¿Por qué? ¿Miedo a quién?

   Decidí que Vera era el nombre de una mujer atractiva y acaricié la idea de juguetear, de responder al sms abriendo una puerta a la seducción mutua. Podíamos llegar a simpatizar, gustarnos, incluso citarnos para cuando ella regresase; aventuras más extrañas me habían ocurrido. Pero no podía olvidar que el móvil no era mío, y resultaba un poco extraño comenzar nuestro idilio explicando a Vera, vía sms para colmo, cómo y por qué tenía yo el teléfono de quien con toda probabilidad era su pareja.

   Dejándome llevar por el inesperado pasatiempo, examiné la agenda del aparato. Contenía muchos números de teléfono, pero casi ninguno pertenecía a empresas u otros profesionales. La mayoría eran nombres propios, y también venían los teléfonos de varios restaurantes selectos de Madrid, entre ellos alguno que yo mismo frecuentaba. Eso, más los números correspondientes a servicios de taxi de Madrid, Barcelona y Sevilla, y otros como “gimnasio”, “gestor”, “banco 1”, “banco 2”, “abogado”, etc., sugerían una saneada situación económica del novio de Vera y ex propietario del móvil. En la memoria del teléfono, que estudié a continuación, no había grabaciones de vídeo guardadas, pero sí fotografías.

   Siete archivos que abrí uno por uno. Los seis primeros contenían retratos en primer plano de sendas mujeres jóvenes, sonriendo con sus impecables dentaduras luminosas en espacios selectos y también distintos: tres restaurantes, una terraza, una piscina y un fondo inconcreto que podía ser un tren o un avión. Las fotos venían identificadas por la fecha, todas entre septiembre y diciembre de 2006, y el nombre propio correspondiente: Pepa, Aída, Paz, Nieves, Carla y María José. Jóvenes felices y bronceadas, perfumadas de dinero y sábanas de seda, tan similares entre sí que con algunas variantes de vestuario y color de pelo parecían la misma mujer hermosa, inconcretamente alegre y poco memorable. Ya podía hacer una apuesta: el ex dueño del teléfono era un tipo dedicado a la colección de conquistas femeninas.

   En coherencia con ese hallazgo, el séptimo archivo tenía también nombre de mujer: Vera. Lo abrí.

   La pantalla se llenó de luz triste de otoño. Un sol agónico y melancólico se derramaba sobre los anchos escalones de piedra por los que ascendía una mujer a la que la cámara había captado de cuerpo entero. Una esbelta silueta femenina indefinida a causa del contraluz, sin edad: podía tener dieciséis años o cincuenta y cuatro. Formas, pero no rostro. Alma, pero no rasgos.

   Vera.

   Detrás de ella, algunos árboles todavía verdes sugerían que el escenario era un parque al aire libre, y también que mi percepción sobre el ambiente otoñal había sido errónea. A pie de foto podía leerse: 06-07-06 15.01. El mes de julio del año pasado, las tres y un minuto de la tarde. Se trataba de la única imagen del harén digital con más de tres meses de antigüedad, lo que sin duda convertía a la silueta en especial o incluso importante para el coleccionista. Supe que aquella tarde de julio Vera había vestido falda larga porque se veía claramente cómo el vuelo de la tela se agitaba a la altura de la pantorrilla. El pelo de la mujer, sin color concreto a causa igualmente del contraluz, era muy corto, o lo traía recogido en un moño. Su pierna derecha ascendía resuelta y ágil hacia el siguiente escalón, y del hombro le colgaba en bandolera un bolso grande. Eso era todo: Vera inmóvil, quieta en el móvil. Vera incierta y atemporal. Vera desconocida, aparentemente amada por un hombre también desconocido.

   Y yo, espía. Decidí entretenerme averiguando quienes eran ambos.

   -¿Le han sido útiles los cargadores, señor?

   La camarera sonreía solícita. Traía una pila de manteles blancos que comenzó a extender sobre las mesas de la terraza. Decidí aprovechar su buena disposición.

   -Muchas gracias, sí. Bueno, en realidad no, no he podido cargarlo, pero me he permitido utilizar este móvil. Por lo visto se lo dejó alguien hace muy poco, ayer o anteayer. Y había pensado que ya que vuelvo a Madrid podría devolvérselo. ¿Me conseguiría usted la dirección con la que se registró, y el nombre?

   -¿Cómo sabe que vive en Madrid? –preguntó la camarera sin malicia pero con un punto de duda en la voz.

   En ese instante el móvil volvió a vibrar en mi mano. Acababa de entrar un sms nuevo. La camarera, ocupada en su faena con los manteles, no reparó en ello.

   -La agenda tiene registrados muchos teléfonos de Madrid, restaurantes que conozco y demás. Si hiciera usted el favor... Lo cierto es –comencé a improvisar para convencerla- que gracias a este móvil he podido hacer una llamada de trabajo muy importante y justo a tiempo. Me gustaría agradecérselo personalmente a su dueño.

   -No creo que haya problema. El encargado de recepción es mi novio, ¿sabe? Está tan contento de haberle conocido. Ha visto sus películas. Todas.

   Fingí alegrarme sinceramente, y no dejé de sonreír mientras la camarera extendía el último mantel y marchaba a buscarme los datos. En cuanto salió por la puerta, abrí apresuradamente el sms.

 

Urgente, contesta si estás. Llamo pero no conecta. Pruebo sms. Ayuda. Urgente. Nadie para protegernos. Solos en el poblado. Por favor. Contesta.

 Desde: Vera 09.38 9-ENE.07

 

   Un vértigo de ansiedad se disparó en mi estómago. Por favor. Contesta. No podía permanecer pasivo. Actué instintivamente, aunque me asaltó la idea de que todo podía ser una broma retorcida.

   -Tranquila. Estoy aquí –compuse letra a letra en el teclado del móvil, osando suplantar al hombre a quien en realidad iba dirigido el mensaje-. ¿Qué ocurre? Tranquila.

   Envié el sms, notando el corazón galoparme en la boca, y permanecí mirando embobado la pantalla del móvil como si fuera un ser vivo a punto de hablar. El mensaje marcaba las 09.38, la misma que veía en las manecillas de mi reloj. Estuviese donde estuviese, Vera no había ajustado su teléfono a la hora local. ¿Seguiría sin cobertura para hablar? La situación parecía justificar que me atreviese a marcar su número. Mientras dudaba, alguien comenzó a hacer sonar una bocina de automóvil con insistencia tal que me obligó a mirar, irritado, hacia la explanada de entrada al hotel. Apeada junto a su 4X4 azul, Consuelo me hacía señas bajo la lluvia que todavía batía la zona.

   Me puse en pie trabajosamente. Apoyándome en la muleta que me había conseguido la doctora, fui hacia el ascensor tan rápido como pude. Entré en la cabina, pulsé la tecla de la planta 0. Seleccioné en el móvil el teléfono de Vera y marqué. Tras unos segundos de pausa, una voz femenina me explicó en inglés que no era posible establecer la conexión y que debía intentarlo más tarde.

   Ante el mostrador de recepción Consuelo, eficaz como siempre, reclamaba que bajasen mi equipaje a la vez que liquidaba la factura pendiente.

   -Muy malas noticias de la película –dijo nada más verme.

   El recepcionista, por su lado, me entregó un papel con una dirección garabateada en él:

   -La dirección en Madrid del caballero que perdió el móvil –dijo con un guiño de complicidad-. Me encantó “La noche imperfecta”, de verdad.

   Se refería a mi última película. Le sonreí vagamente mientras salíamos hacia el coche. Consuelo siguió poniéndome al día:

   -El rebote que vas a pillar cuando te cuente...

   Nos instalamos en el coche, como un taxista y su cliente: Consuelo al volante y yo en la parte trasera para poder acomodar la pierna izquierda.

   -Obviamente, con tu pie así hay que retrasar el rodaje –se lanzó a explicar-. Estábamos ya en ello, pero el problema ha surgido con los actores norteamericanos.

   -¿Qué les pasa? –pregunté, con la mente angustiada por la absurda responsabilidad que había adquirido al encender el móvil. De no haberlo hecho, me hallaría inmerso en mi vida habitual, con sus insólitos problemas habituales y su relajante estres habitual. Pero el mensaje de Vera, esa llamada de socorro que parecía tan seria, me acongojaba. No podía apagar el móvil y olvidarme, pero tampoco ayudar a la mujer en peligro con mínima eficacia. Miré la pantalla del teléfono, ansioso por la llegada de un nuevo sms. Pero el móvil permanecía en silencio.

   -¿Qué que les pasa? Agárrate. No pueden cambiar sus fechas de rodaje.

   -Los sustituiremos.

   -Ya advertí que esa sería tu respuesta. Pero los inversores no quieren ni oír hablar. Sin esos nombres en el cartel, la película no entra en el mercado americano.

   -¿Entonces?

   Consuelo suspiró.

   -Lo que proponen es sustituirte a ti.

   -¿A mí? –respondí, estupefacto. Me acudieron a la cabeza tantos conceptos contundentes contra esa idea que no fui capaz de verbalizar ni uno solo de ellos-. ¿A mí?

   -No durante todo el rodaje, claro. Sugieren que empiece el ayudante de dirección y retomes tú cuando te recuperes.

   Abrí la boca buscando palabras y no las encontré. Entonces vibró el móvil en mi mano. Aturdido aún por lo que acababa de oír, posé la vista sobre la pantalla:

 

Herida. Sangro. Me llevan a

Desde: Vera 10.02 9-ENE.07

 

   Me sobresalté tanto que Consuelo no pudo evitar pegar un pequeño volantazo. ¿Por qué maldita casualidad había llegado ese móvil precisamente hasta mis manos? ¿Y si todo era efectivamente una broma? ¿Y si el hijo de la camarera, por decir algo, me había visto manipular el móvil y se divertía a mi costa? Pero la voz en inglés evidenciaba que los mensajes se emitían desde otro país. Desdoblé el papel que me había dado el recepcionista. El anterior dueño del teléfono era un tal Álvaro Ormazabal, que vivía en la calle Juan Ramón Jiménez de Madrid. En la nota venían anotados dos números de teléfono, uno de fijo y otro de móvil. Cuando marqué el primero saltó casi inmediatamente un contestador; y el segundo, lo entendí mientras tecleaba, correspondía, como era lógico, al mismo aparato que sostenía en ese momento en mis manos. De momento, Álvaro no estaba localizable. Suspiré con rabia. Consuelo me observaba por el retrovisor, sin imaginar que mi contrariedad nada tenía que ver con el intento de golpe de estado contra mi película. Tenía que responder a Vera, pero lo único que en mi impotencia acerté a teclear fue: “¿Qué puedo hacer?”. Envié el mensaje.

   -¿Te pasa algo? –quiso saber Consuelo.

   -No -concentré la mirada al otro lado de la ventanilla, dispuesto a permanecer ajeno a todo lo que no fuera la respuesta que de un momento a otro esperaba que surgiera del móvil. Pero enseguida el sentido común me recordó la eficacia de Consuelo en este tipo de cosas, y replanteé la respuesta que acababa de darle:

   -Sí. Sí que me pasa –añadí elevando el móvil. Lo miró un instante por el retrovisor sin perder de vista la carretera. Comencé a contarle. Vi cómo desfilaban por su rostro la misma serie de incertidumbres que me habían asaltado a mí, sin olvidar la posibilidad de la broma pesada.

   -Broma o realidad –resolvió apenas terminé de contarle- hay que tomárselo en serio. Hay una vida en juego, por lo menos eso parece. 

   Sacó su móvil y, siempre sin perder de vista el camino, marcó el número de un amigo suyo que tenía un cargo de importancia en el ministerio de Asuntos Exteriores. No lo encontró, pero le dejó un recado urgente.  

   -Llamará enseguida –dijo al colgar.

   -¿Y mientras qué hacemos? –pregunté, aliviado por que ella hubiese tomado el mando.

   -Esperar a que llame. ¿El móvil de Vera sigue con batería?

   -Poca pero sí.

   -¿Has probado a volver a marcar?

   -Mientras llamabas a tu amigo. Pero sigue saliendo la operadora extranjera.

   Consuelo asintió y no dijo más durante el resto del viaje. Yo tampoco. Lo pasé mirando alternativamente la carretera y la pantalla del móvil, esperando la vibración de entrada de otro sms. Pero no ocurrió durante el resto del viaje, ni tampoco cuando entramos en Madrid por la Castellana, hora y media después.

   -Vamos directamente a Juan Ramón Jiménez –decidió Consuelo-. Tú hablas con el tal Álvaro mientras yo sigo localizando a mi amigo. Estará en alguna reunión, es raro que no responda.

   Al poco nos detuvimos en la dirección señalada, que resultó ser un edificio de apartamentos de lujo.

   -Baja tú –resolvió Consuelo-. Y no te pierdas, si ves al tío este llámame y dime dónde estáis.

   -Vale –dije mientras descendía del coche.

   Entré cojeando al enorme portal del edificio, casi del tamaño de un vestíbulo de hotel, incluso con cafetería propia comunicada a través de una gran puerta de cristal. Me pregunté de nuevo qué estaba haciendo en ese lugar. Quería ayudar a Vera pero también librarme del móvil maldito y traspasarle la responsabilidad a su verdadero dueño. 

   -Buenas tardes –me dirigí al conserje situado tras una barra que cumplía las funciones de recepción-. ¿Puede decirme cuál es el apartamento del señor Álvaro Ormazabal? ¿O mejor aún, avisarle desde aquí?

   El conserje sonrió amablemente, descolgó el teléfono, marcó un número y quedó a la espera.

   -No contesta –dijo al poco-. Es raro, porque hoy no le he visto salir. Tal vez... ¡Ah, mírelo, qué casualidad! Es ese caballero que sale del ascensor.

   Me volví.   

   Ormazabal era como me lo había figurado: unos treinta y tantos años, atractivo, muy bien vestido con su traje caro y su elegante abrigo, un poco estirado, seductor, arrogante... Me cayó mal. Lo habría reconocido también por la atractiva joven que salió con él del ascensor. Parecía cualquiera de las jóvenes archivadas en el móvil, y tal vez lo era.

   -¿Álvaro Ormazabal? –me dirigí a él; mi cortesía un poco impaciente pareció alertarle. Me miró a los ojos con recelo y luego, casi inmediatamente, dirigió la vista hacia el móvil. Tragó saliva, antes de erguirse en actitud de alerta.

   -¿Me esperas un momento en la cafetería de al lado? –pidió a la joven; pero lo hizo con cariño mimoso que un minuto antes no hubiera esperado de él. Me cayó menos mal.

   -Hemos quedado a las tres –le advirtió ella con naturalidad antes de alejarse-. Vamos un poquito justos.

   Los dos la miramos entrar a la cafetería por la puerta de cristal. Cuando se sentó en un taburete ante la barra, Ormazabal se volvió hacia mí. Ahora, sin innecesarios fingimientos, lo percibí grave y sinceramente preocupado. Con un gesto cortés que también podía expresar temor –pero ¿temor a qué?- sugirió que nos sentáramos en los sofás del vestíbulo. Apenas nos acomodamos uno frente al otro tuve la sensación de que se había arrepentido de invitarme a hacerlo. Coloqué el móvil sobre la mesita baja. Quedó entre nosotros como un ser vivo que no pudiera hablar y expresarse, pero sí escucharnos y juzgar nuestras palabras. Me parece que Ormazabal y yo carraspeamos a la vez, aunque fuera él quien primero habló:

   -Que quede claro: ese móvil ya no me pertenece –señaló con un leve gesto de las cejas al aparato, justificándose sin que nadie se lo hubiese pedido-. Lo abandoné en el hotel de forma voluntaria. ¿Por qué me lo ha traído?

   -Vi la foto de Vera –pasé a tutearle directamente-. Está en grave peligro. Te pide ayuda desde Centroamérica y...

   -Kinshasa.

   -¿Eh?

   -Es allí donde está, en la república del Congo. En Kinshasa. Se fue hace una semana. Le supliqué que no fuera. Y le advertí que esto podía pasar –la voz de Álvaro adquirió de repente un tono seco y duro, como si buscara blindarse de Vera mediante ese enfado artificial-. Pero ella es más terca que nadie. Tenía que ir. Esas fueron sus palabras. Que tenía que ir.

   Encendió un cigarrillo a pesar de que en el lugar estaba prohibido fumar. El conserje debió de calibrar la tensión que vibraba entre nosotros porque optó por callar. Álvaro dio dos caladas largas.

   -Conocí a Vera a principios de 2006, en febrero –comenzó a hablar, al parecer más relajado; más que contármelo a mí parecía reflexionar en voz alta, o repetirse a sí mismo una historia que necesitaba creer desesperadamente-. Un flechazo. De esos que decimos que no existen. Pues sí, existen. Nos conocimos un jueves por la tarde, en la presentación de una revista donde Vera había colaborado con sus fotos y yo como director de marketing. Nos quedamos después del cóctel, dormimos juntos, ya no nos separamos. Los días dorados duraron tres meses, hasta Semana Santa. Para colmo hicimos un viaje, y resultó aún mejor. Nos acojonó lo bien que iba todo. Yo me sentía pleno como nunca, ella también. Hablamos de futuro, hicimos planes, elucubramos sobre cómo sería nuestra casa compartida, nuestra vida en común. Todo era tan perfecto que a veces, por las noches, me preguntaba cómo y cuando iba a quebrarse. Y fue en verano, en julio, el día que hice esa foto con el móvil. Habíamos quedado a comer porque tenía algo importante que contarme. Estaba muy contenta, más eufórica y vital que de costumbre. Nos citamos en un parque que hay cerca de su casa. Cuando venía hacia mí le hice la foto. Recuerdo que tuve un mal presagio al verla ya fijada en la pantalla del móvil. Vera me contó que le habían ofrecido un trabajo maravilloso, fotografiar lugares del mundo asolados por guerras y otros conflictos. ¿Te imaginas, llamar a eso maravilloso? Empezaba de inmediato. Haití al día siguiente. Me enfadó que no me lo hubiera consultado, y se lo dije. Yo soy de otra manera. Más tranquilo, más conservador. ¿Quién quiere guerras en su vida? No respondió nada pero vi tristeza y rabia en su cara. Entonces no lo entendí, pero se trataba del resultado de la decepción. Después de comer, sin apurar por primera vez nuestro tiempo de estar juntos, se marchó a hacer la maleta.   

   Álvaro estaba tan ensimismado en su historia que no quise interrumpirle. Cogí el móvil y lo apreté en la mano. La vibración que de un momento a otro podría producirse era el único vínculo de Vera con nuestro mundo. Pero no escribía. Tal vez había muerto, y yo continuaba sin hacer ninguna otra cosa que mirar al desolado Álvaro.

   -Volvió de Haití a las dos semanas, impresionada por lo que había visto y a la vez feliz. A mí me pareció que más feliz de lo que era conmigo. Se enfadó mucho cuando se lo hice notar. Me dijo que no entendía mi actitud, que su plenitud era yo pero también su oficio de riesgo, viajando por todo el mundo. De hecho, se marchaba cinco días después. Ya no quise saber adónde. Me propuse olvidarla. Regresé a mi vida anterior, a mi trabajo y a mi relación con mujeres normales, tranquilas, felices, que no me den sobresaltos. No quiero a mi lado una mujer que se juegue la vida cada día, que me diga que necesita ese peligro igual o más que a mí. Traté de olvidarla, digo... Pero fue inútil. Seguía enamorado, aunque ahora sabía, supongo que igual que Vera, que nuestra relación tenía fecha de caducidad. Quería dejarla y olvidarla, y para ello iniciaba una y otra vez relaciones nuevas y tranquilas. Pero cuando sonaba el móvil y veía su nombre en la pantalla mi convicción se venía abajo. Me aterroricé cuando comprendí que amaba a una mujer demasiado libre y valiente para hacerme feliz. O quién sabe... A lo mejor lo que me aterrorizó es sentir que yo no era capaz de ser feliz con una mujer libre y valiente. Decidí sacarla de mi vida a cualquier precio. Le propuse pasar juntos el fin de año en el hotel donde has estado. Vera viajaba el uno de enero a Kinshasa. Le dije que quería terminar. Me llamó cobarde, dijo que abortaba nuestra relación por miedo. Y tenía razón, sí, lo acepto... Pero no soy capaz de cambiar mi vida a estas alturas, ni probablemente quiero. El uno de enero por la mañana regresamos a Madrid. Recogió la maleta y la llevé al aeropuerto. Este viaje era especialmente peligroso, los dos lo sabíamos. Vera me confesó que tenía miedo. Pero aún así tenía que ir. “Tengo que ir”...  Se despidió como siempre, diciendo que me mandaría un sms nada más llegar. Yo asentí y le di un beso, el último. Esperé a verla perderse en la puerta de embarque. No le dije que había dejado el móvil en la habitación del hotel y que ya no recibiría más mensaje suyos.

   -Y efectivamente, te mandó un sms nada más llegar.

   Álvaro levantó la mirada, inquieto.

   -Pero el importante es este otro –busqué el último sms y alargué el brazo hacia Álvaro-. Te pide ayuda.

   -No –rechazó tajante.

   -¿No? –respondí, asombrado por su actitud.

   -No quiero verlo.

   -¿Sea cual sea el mensaje? ¿Aunque sea este? –tomé el móvil y ostensiblemente, para que quedara patente que estaba leyendo las palabras literales, dije-: “Herida. Sangro. Me llevan a...”

   Álvaro palideció. Su rostro se contrajo por una crispación que me pareció de terror verdadero. Se puso en pie de un salto, respirando agitadamente. En ese momento regresó su amiga, sonriente y por supuesto ajena a la esencia de la conversación que habíamos mantenido.

   -Álvaro, lo siento. Pero es que llegamos tarde. Ya nos disculparás... –concluyó dirigiéndose a mí. Y luego tomó el brazo de Ormazabal, instándole a salir juntos.

   Álvaro me miró. Alcé levemente el móvil en su dirección, ofreciéndoselo para que lo cogiera.

   ¿No dicen que hay instantes mínimos, infinitesimales, en que se toman decisiones que pueden afectar al resto de nuestras vidas? En el rostro de Álvaro pude ver -y supe que mi memoria lo recordaría siempre- cómo acontecía, terrible y trágico en su casi imperceptible gestualidad, uno de esos instantes.  

   -Me da igual –concluyó, tajante-. Sea cual sea el mensaje, no quiero verlo. Aunque sea ese.

   Y salió, cogido del brazo de su amiga.

   Los vi apresurarse hacia la salida. Ella corría porque llegaban tarde; él, porque intentaba huir de su decisión.

   Se cruzaron en la puerta giratoria con Consuelo, que me vio al primer golpe de vista y vino hacia mí. Traía en la mano un papel doblado, como si hubiese tomado notas apresuradamente, y supe que tenía noticias.

   -Ya le he contado a mi amigo la urgencia del tema –dijo nada más sentarse- y se ha movido rápido. Te resumo... Se llama Vera Ramírez, lo ha averiguado por el número de móvil desde el que manda los sms. Está en Congo, con un grupo de periodistas europeos. Tenía que regresar pasado mañana a Madrid. Hace unas horas le han pegado un tiro.

   Noté un vértigo doloroso. Mi estómago cayó por un precipicio, y durante ese segundo me sentí vacío, desvalido, muerto, peor que muerto: sin vida por delante. ¿Por qué? Inexplicable, sí; pero real también. Instintivamente apreté el viejo móvil que representaba a Vera, que la contenía, y quedé a merced de las siguientes palabras que fuese a pronunciar Consuelo:

   -Se había sumado a una misión militar de rutina, con observadores de Médicos sin Fronteras o algo así. También iba gente de la embajada española, por eso sabemos todo esto tan de primera mano, comunicaron rápido el tiroteo, por lo visto una escaramuza sin importancia. Pero alcanzaron a Vera, y...

   -Ha muerto... –susurré con un hilo de voz. Consuelo me observó un instante, desorientada por el estupor desolado, y para ella probablemente excesivo, que mi rostro debía de estar expresando.

   -No –alcanzó a decir enseguida-. Ha sido espectacular, por la sangre y sobre todo el susto, pero nada grave. Un tiro en la pierna, o una esquirla de metralla, o algo así, tampoco me ha especificado. Está en el hospital, con toda la embajada al tanto y volcada. A salvo.

   Siguió contando, pero tras esas dos últimas palabras mi capacidad de atención se desbarató, y la voz de Consuelo se convirtió en un ruido de fondo que no lograba imponerse a la cuestión para mí principal: ¿por qué me había asustado tanto la posibilidad de que Vera hubiera muerto? Me recosté en el respaldo, relajándome por primera vez. Lentamente, como si estuviera también agotada, mi mano fue llevando el viejo móvil hacia el bolsillo de mi americana, y lo depositó allí.

   -... así que me avisará en cuanto la suban al avión y la traigan a España.

   Asentí, sinceramente agradecido por la presencia de Consuelo, por su eficacia protectora. Nos miramos un momento, en silencio, y luego ella añadió:

   -Bueno, Vera está a salvo. ¿Te parece que volvamos a nuestra realidad? La agenda de los actores americanos...

   Nos pusimos en pie y salimos a la calle. El resto del día, entre reunión y reunión y bronca y bronca, se hizo tenso e interminable. Cada poco mi mano rozaba el móvil de Vera, y sin que lograra comprender por qué ese contacto me resultaba tranquilizador, importante. Por fin negociamos un acuerdo. Por suerte para mí, uno de los actores americanos había sintonizado con mi punto de vista sobre el guión, y se negaba en redondo a que mi película la empezara otro. Su lealtad y su profesionalidad ayudaron a resolver los problemas porque él, por su cuenta y dado el interés que tenía en trabajar conmigo, había logrado aplazar otro rodaje suyo. El papel del segundo actor norteamericano era menos importante, y a media tarde se vislumbró la posibilidad de que el director de producción estudiara la viabilidad de cambiar el plan de rodaje.

   Llegué a casa con un terrible dolor de cabeza, me bañé a pesar de la incomodidad del pie vendado y caí en la cama agotado.

   Volví a mirar la foto de Vera en el móvil. Luego lo deposité sobre la mesilla, junto a mí, bien a mano. Pensaba que tal vez Vera, ya recuperada o comenzando a recuperarse, mandaría un mensaje nuevo. Pero la vibración no llegó y yo permanecí insomne largo rato, sintiendo que el simple hecho de tener el teléfono a mi lado me concedía un hilo de comunicación emocional con el hospital de Kinshasa. Veía a Vera en la noche africana, a solas en la habitación de hospital con su percepción de la muerte, con su cercanía con ella apenas unas horas atrás. Sentía que le hacía compañía en ese trance, y solo cuando comprendí que por la diferencia horaria allí debía ser ya de día, y sin duda había personal de la embajada al pie de su cama, logré dormirme.

   El nuevo día trajo el retorno a la normalidad. Me empeñé en mi convalecencia y recuperación, que exigía reposo y tranquilidad en mi casa. Limité a lo esencial las visitas, y todo el tiempo tenía a la vista el móvil de Ormazabal por si Vera daba señales de vida. Naturalmente, envié a comprar un cargador adecuado para que no se quedara sin batería.

   Los periódicos informaron de la escaramuza en Kinshasa, donde había resultado herida una fotógrafa española. En ninguna parte, sin embargo, encontré una foto del rostro de Vera, lo que me llevó una y otra vez a mirar la espectral imagen del móvil. ¿Por qué no mandaba otro sms?, me preguntaba constantemente. Y por otro lado: ¿podía atreverme a ser yo quien la llamara? Dudaba y volvía a dudar. Había decidido conocer a Vera como fuese, pero precisamente por cuál había sido la insólita vía que me había llevado a saber de ella, y por el respeto que su persona y su valor me merecían, quería hacerlo con seriedad y rigor, no limitarme a mostrarle el viejo móvil y contarle mi historia. Quería hablar con ella, quería conocerla, quería hacerme su amigo, quería -¿para qué engañarme?- abrazarla. Mientras me sumía en tales ensoñaciones, el mutismo del viejo móvil me hería como la peor ruptura amorosa.

   Días después comencé a sentirme mejor y más fuerte. Pude apoyar el pie, comenzar a valerme con cierta agilidad. Y una mañana soleada el médico me dio el alta y me dijo que podía volver a la normalidad. Ese pasaporte a la vida me indicó el camino a seguir, porque comprendí de pronto, con el zigzag de una revelación eufórica, que el silencio del móvil, aunque lo hubiese padecido yo, no iba en realidad dirigido contra mí, sino contra Ormazabal. Obviamente, su silencio habría permitido a Vera extraer conclusiones sobre el verdadero amor hacia ella del hombre con el que hasta muy poco antes había mantenido una intensa relación, y la decepción la habría llevado a querer olvidarlo.

   Me pareció una gran noticia, y sentí que por fin podía moverme y actuar. La seguridad de caminar sobre mis dos pies me alumbraba el camino. 

   Desde tiempo atrás había buscado y localizado en Google a Vera Ramírez. Por ello sabía de su actividad personal y de su compromiso con un proyecto relacionado con Amnistía Internacional, que la tenía ocupada esos días en Madrid preparando nuevos viajes.     

   Me costó tres llamadas saber la dirección de la oficina donde se coordinaba el proyecto, y veinte minutos de taxi llegar hasta ellas. Llevaba en el bolsillo de la americana el viejo móvil de Ormazabal, con la foto de Vera y los mensajes que lo habían desencadenado todo. Me proponía, sin dobleces ni subterfugios, contar a Vera mi relación con ella a través de ese teléfono, y esperaba que la historia le despertase el suficiente interés como para provocar una conversación más pausada. No pedía más. Esperaba que hubiera más, pero no lo pedía.

   Entré en la planta del edificio de oficinas asignado al proyecto y pregunté a la recepcionista.

   -Busco a Vera Ramírez –dije. Era la primera vez que pronunciaba su nombre en voz alta, y tal vez fue esa la causa de que todos los afanes de serenidad que había acopiado ante el encuentro se desbarataran de golpe. El corazón me comenzó a latir a causa de la impaciencia.

   -Aquí mismo, la segunda puerta a la izquierda –sonrió la recepcionista-. Es por la altura y la pierna, ¿sabe?

   -¿Perdón?

   -La pierna. Vera sufrió un percance en la pierna y todavía tiene que ayudarse de muletas. La han colocado aquí, junto a la entrada, para que no tenga que ir y venir.

   Me quedé meditando un instante.

   -No había caído –dije apoyándome en el mostrador y aproximando el rostro al de la recepcionista, que me miró sin entender-. Los dos teníamos la pierna mal cuando nos conocimos. Yo el pie por un esguince y ella la pierna, por un tiro. Pero no lo podíamos saber, claro.

   -Claro –asintió ella antes de volver a su trabajo. 

   Me aparté del mostrador y avancé por el pasillo hasta la segunda puerta de la izquierda. Acerqué la oreja. No se escuchaba ruido alguno en el interior. Golpeé con los nudillos.

   -Adelante –dijo desde el interior una voz femenina resuelta que también me pareció alegre.

   Rocé con los dedos el viejo móvil para que me diera suerte.

   Sonreí mentalmente, abrí la puerta y entré.

  

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última modificación 06/08/2007