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Suiza y la migración (2004)

Editora: Silvia Pérez. Imagine Ediciones

 

El hombre que nunca existió.

Reflexiones informales sobre la Política de Extranjería en Suiza

Viajé hasta Suiza para buscar a un hombre del que solo sabía que jamás existió. Su nombre es Sebastián; pero se trata de un nombre arbitrario, caprichosamente inventado por mí; Sebastián podría también haberse llamado José, Armando, Gerardo, Jesús... O Joao, Giuseppe, Waleed si me hubiese apetecido hacer de él un personaje igualmente inexistente, pero de nacionalidad distinta a la española. Sebastián, con todo, no es una elección gratuita. Paga tributo a otro Sebastián, uno real, que cuando yo era niño se hospedó unos días en casa de mis tíos, en Bilbao.

Sebastián, el auténtico, fue para mí –con cinco o seis años entonces, a principios de los años sesenta- un hombre enigmático, casi transgresor en su recalcitrante silencio; por supuesto, no era en realidad ni una cosa ni la otra, pero la percepción infantil, como la imaginación a cualquier edad, pueden añadir o restar cualidades y defectos a las personas.

Recuerdo a Sebastián en casa de mis padres, de visita, sentado literalmente sobre el borde del sofá, conversando por pura cortesía, yo diría que incómodo e incluso nervioso, muy tímido o torpe, con un platillo y una taza de té un poco temblorosos en la mano.

En mi limitado mundo, los adultos eran seres trabajadores –trabajo fijo de oficina los maridos, trabajo de amas de casa las esposas-, casados y con hijos, como mis tíos o mis propios padres; solo el oficio de mi padre, marino mercante y habituado a viajar constantemente por todo el mundo, perturbaba un poco la estabilidad de esa percepción que habría de desmoronarse en parte con la irrupción de Sebastián.

¿Quién era? No tenía mujer ni hijos. No trabajaba, y había llegado de una ciudad del sur, Huelva o Sevilla, para mí casi inexistente de puro lejana, poco más que un nombre escrito en la parte inferior del mapa de España del libro de Geografía.

 Un día, alguien mencionó en la conversación de los mayores que Sebastián estaba en Bilbao de paso. Desde nuestra ciudad iba a tomar un tren que lo llevaría al país de Europa donde iba a instalarse.

Dicen que las casualidades no existen, y tal vez no fue una casualidad que la fecha de la partida de Sebastián yo acompañara a mis padres a despedirlo. Tal vez sucedió para que yo lo rememore ahora, para que lo reviva y me detenga a recrearlo en estas páginas.

Lo cierto es que en aquel andén de tren me invadió, por primera vez en mi vida, la noción de incertidumbre. Era de noche, ya he dicho que a principios de los años sesenta; con toda probabilidad, o así lo recuerdo, un día desapacible de invierno. Sebastián, junto al peldaño de acceso al vagón, fumaba un cigarrillo. Parecía –o se trata también de una invención de mis recuerdos- frágil, desvalido. Llevaba únicamente una maleta de mediano tamaño. Creo, al analizarlo ahora, que fue aquella maleta la que me desasosegó. En mi mundo relativamente seguro, a salvo de casi todo, la gente tenía casa, objetos, libros, recuerdos, y plantearse un traslado a otro país habría supuesto una complicada operación de mudanza. Pero la vida de Sebastián cabía en aquella mínima maleta.

Tras la despedida, en la que todos los adultos le desearon suerte, subió al vagón. A través de las amplias ventanillas laterales del pasillo, lo vi avanzar hacia el compartimento de su litera. Iba a ser un viaje prolongado, con toda la larga noche por delante. Fue cuando el tren se alejaba, y comenzaba a espesarse mi primera percepción de la incertidumbre, cuando alguien pronunció –obviamente, no por casualidad- una palabra para mí nueva: emigrar.

Mi padre me explicó en ese momento su significado, partir hacia otro lugar en busca de mejores condiciones de vida; y también el de su palabra complementaria, inmigrar: llegar desde otro lugar para lo mismo. Recuerdo que miré al tren que en ese momento entraba en la estación. Todas las personas solitarias a las que nadie había venido a recibir me parecieron inmigrantes, y me parece recordar que me pregunté hacia dónde encaminarían sus primeros pasos, aquella noche de su llegada a un lugar desconocido.

Un tren que partía y otro que entraba me enseñaron el significado de “migración”, la palabra de dos direcciones.   

Incertidumbre por lo desconocido... ¿Tal vez es este sentimiento el más intenso en quién, como aquel Sebastián, sube a un tren llevando consigo lo poco que tiene? Un narrador, sea de la clase que sea –cineasta, novelista, dramaturgo, actor- debe tratar de sumergirse en el corazón de los hombres a quienes pretende representar. Si hago ese ejercicio, si me pongo en la piel de Sebastián aquella noche, llego a la conclusión de que sí, de que el sentimiento predominante de aquella noche, probablemente en vela, sería la incertidumbre. Y un poco de miedo al amanecer, cuando el tren por fin llega a su destino.

El recuerdo de Sebastián, el verdadero, fue mi único contacto directo con la migración, y así se lo hice saber a los editores de este libro cuando me encargaron escribir sobre “La política de extranjería en Suiza”; un tema del que lo ignoro –o mejor dicho, lo ignoraba- casi todo. Pero el subtítulo del libro ya sugiere que premeditadamente se quisieron para este proyecto miradas vírgenes, las de autores que lo desconocieramos todo sobre los temas que nos habían sido encomendados, y pudiéramos así ofrecer un punto de vista más humano que técnico.

 

¿Son posibles, hoy en día, las miradas por completo vírgenes?

Creo que muy difícilmente, y ello por culpa de las dos formas de realidad que conviven juntas: de un lado, la que existe de verdad, la que objetivamente discurre y “es”, la realidad que podríamos llamar real; y de otro, aquella que vive en nuestra percepción por las diversas fuentes de información que nos llegan sobre ella. La ciudad de Singapur, la guerrilla colombiana o los bancos de coral verde del Caribe existen realmente, forman parte de la esa realidad real; sin embargo, yo solo tengo conocimiento de ellos a través de distintas fuentes indirectas: noticiarios, crónicas de viajeros, prospectos de agencias de viaje... Los medios de comunicación lo orquestan todo, presiden la vida en nuestras sociedades, y su poder surge en parte del permanente bombardeo de imágenes de todo tipo a las que son capaces de someternos. Y por si fuera esta poca influencia, las distintas formas de ficción, fundamentalmente cine y literatura, se encargan de erosionar nuestros ingenuos conocimientos de las cosas. Nuestra cabeza es una enciclopedia de imágenes. Por tanto no hay, no puede haber –en nuestra sociedad- miradas estrictamente vírgenes. La mía sobre el concepto “migración” tampoco puede serlo, a pesar de mi reconocido desconocimiento del tema; y un primer paso que me ha parecido coherente es el análisis de toda la información residual que, seguramente sin saberlo yo, guardaba mi mente en sus archivos.

 

¿Qué sé, sin haberme detenido nunca a racionalizar esos datos, de la migración?

Busco en mi memoria de cinéfilo, y encuentro un número inesperadamente alto de películas en las que los emigrantes desempeñan un papel fundamental, tal vez sin que nosotros, simples espectadores, hubiésemos comprendido su importancia dentro de la narración. La saga de “El Padrino”, por limitarnos a un ejemplo mítico y particularmente ilustrativo, no existiría sin los emigrantes italianos: el emigrante de primera generación Vito Corleone es el protagonista de la ficción que el emigrante de segunda generación Francis Ford Coppola cuenta en la pantalla.

Solo para dejar constancia de esta diversidad me fijo en cuatro ejemplos cinematográficos; antes, será preciso puntualizar que según el diccionario de la Real Academia, “emigrar” es, exactamente, “dejar o abandonar su propio país con ánimo de establecerse en otro extranjero”.

Establecerse en otro lugar, y prosperar –además de hallar la paz personal- era lo que buscaba el marino Gregory Peck, protagonista del western de William Wyler “Horizontes de grandeza” (1958), traducción española del significativo título original “The big country”. El emigrante y su peripecia adquieren en esta gran película vibrante tono épico, justo al revés que en la casi entrañable, por puro casposa, “Vente a Alemania, Pepe” (1971), aproximación al tema concreto de la emigración española hacia los prósperos países de Europa. Realizada por uno de los más desvergonzados propagandistas del franquismo, Pedro Lazaga, la película, vista hoy, ofende e irrita por su ideología –el exiliado republicano, por ejemplo, es un hombre lleno de odio que se niega a volver a España a pesar de la mano generosa y conciliadora que le tiende el régimen de Franco- pero interesa especialmente a nuestro asunto: Alfredo Landa es el obrero español que viaja al extranjero –su destino es Alemania, pero igualmente podría tratarse de Suiza- para medrar. El tono exactamente opuesto adopta el cineasta alemán Rainer Werner Fässbinder en su brutal retrato de la inmigración de origen árabe en Alemania “Todos me llaman Alí” (1973). Aunque posiblemente, la película que con más rigor ha planteado el tema es la maravillosa “América América” (1963), del también emigrante Elia Kazan. Es la gran película sobre la emigración, aunque hay que decir que también es más, muchísimo más que solo eso. Sin embargo, es la imagen de Landa con traje de pana una talla demasiado pequeña, boina calada y maleta al hombro la que nos resulta más cercana, e influye –equivocada o acertadamente- en nuestro icono prefigurado del trabajador español que, a mediados de los sesenta, partió hacia Europa en busca de nuevas oportunidades.

Reconozco que esta imagen -más el recuerdo, en la estación de tren de Bilbao, de aquel Sebastián verdadero del que jamás he vuelto a saber nada- pesaba en mi subconsciente al acercarme con interés al tema. 

 

¿Qué había de cierto y de falso en esa imagen?

Un tren de doble direcciones; dos hombres llamados Sebastián, uno auténtico y otro falso, separados en mi percepción por cuarenta años.

Fui a Suiza en busca del Sebastián inexistente que me fue inspirado por el Sebastián verdadero; lo quise convertir en el símbolo sin rostro concreto de los miles y miles de españoles que emigraron, y la principal pregunta que me interesaba era: ¿cómo recibía el estado suizo a quienes llegaban para trabajar dentro de sus fronteras?  O más concretamente:

¿Cómo los recibe hoy?

Para un observador español, Suiza ha sido, tal vez con Alemania, el más emblemático lugar de emigración; fue, en los años sesenta, una especie de tierra de promisión para muchos de nuestros compatriotas. Era común escuchar entonces “Fulanito hizo dinero en Suiza, y así pudo montar de vuelta su negocio”, o ”¿Ves que cochazo se compró? Pues no es banquero; emigró a Suiza”. El “cochazo suizo” forma, dicho sea de paso, parte de una historia real, la del emigrante que tras unos años trabajando fuera volvió a su pueblo a bordo de un coche nuevo; un modelo lujosísimo para la España de los primeros setenta, acostumbrado a los utilitarios. El hombre circulaba por las calles que le habían visto nacer, despertando la admiración de sus vecinos, que lo creían millonario. Para ellos, solo podía estar bromeando cuando explicaba una y otra vez, y siempre con resultados inútiles entre sus oyentes, que ese coche, en Suiza, resultaba asequible para cualquier obrero, y que él, como emigrante, pasó grandes estrecheces para lograr ahorrar un dinero significativo.    

El viajero que va se siente uno y único. Pero para el país que se dispone a acogerlo, el tren llega atestado de inmigrantes anónimos, cuya entrada y estancia es preciso organizar y controlar.

Primero, claro, es preciso detenerse en conocer el origen de este flujo masivo. Por las mejores condiciones salariales suizas, sí; pero estas ¿de qué condiciones económicas surgen? La respuesta es sorprendentemente simple, a la vez que lógica. Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa entera estaba devastada física, económica y moralmente. Las industrias -las de los vencidos, pero también las de los vencedores- habían desaparecido, prácticamente en su totalidad, del terrirotio de un continente que no tenía otro remedio que afrontar su propio y urgente resurgimiento. La neutralidad, sin embargo, había preservado a Suiza de la debacle. Fue necesario recurrir a ella, a sus recursos, para la reconstrucción global. Su cotización se disparó hasta un nivel inusitado, y Suiza, incapaz de atender por sí sola las masivas demandas, hubo de recurrir a la contratación de mano de obra extranjera. Este proceso acabaría incluso por desencadenar ciertas alteraciones de las estructuras sociales suizas.    

Si esta favorable circunstancia provocada por la posguerra le hubiese tocado en suerte a un país cerrado, hoscamente ancestral, proclive a rechazar las ocasiones propiciadas por los vientos nuevos de la Historia, tal vez ninguno de los dos Sebastianes hubiese existido. Sin embargo, hablamos de un espíritu nacional atento a esas oportunidades, además de liberal en la recepción de recién llegados con habilidades dignas de ser rentabilizadas. Sorprende a un observador neófito como yo que el revelador primer párrafo del estudio “Inmigrados y refugiados en Suiza. Ojeada histórica”, de Marc Vuilleumier diga:

 “En la antigua Confederación de antes de 1798, cada cantón o cada ciudad aliada (por ejemplo Ginebra) practicaba la política que le convenía, acogiendo o rechazando a los extranjeros que llegaban a sus fronteras. En la Edad Media, las ciudades tenían tendencia a abrir sus puertas bastanta ampliamente a quienes se presentaban, ya fueran siervos fugitivos, campesinos o artesanos en busca de empleo. Así pudieron incrementar su población y su potencia. El desarrollo del comercio transalpino, a partir del siglo XIII, Atrajo en varias ciudades a comerciantes y financieros extranjeros. Además, se establecieron en ellas artesanos alemanes, flamencos y piamonteses”.

En los años de la posguerra mundial y posteriores, esta tendencia nacional suiza “de brazos abiertos” resultó determinante para la consolidación de las afluencias masivas de emigrantes. Igualmente, hay que señalar que se trata de brazos abiertos con otra cara menos amable de la moneda. La Historia certifica la férrea voluntad, por parte de estamentos y personas de la Confederación, de mantener la diferencia entre inmigrantes y ciudadanos suizos de pleno derecho.   

A lo largo de los siglos, todas las grandes migraciones humanas, voluntarias o involuntarias, han mostrado una serie de características comunes, la mayoría de ellas tristemente elocuentes sobre la inmisericordia y mezquindad del hombre, espoleada por el miedo o la ignorancia; por fortuna, este peaje a la oscuridad ha tenido enfrente, también en múltiples ocasiones, criterios opuestos de solidaridad y conciencias progresistas.

Suiza no sería una excepción, ni para lo malo ni para lo bueno. 

 

Mi Sebastián ficticio habría llegado, como miles de españoles, a este escenario allá por la mitad de los años sesenta o principios de los setenta.

Al cruzar la frontera, convertido –curioso paralelismo lingüístico con la realidad- de emigrante en inmigrante, se encontraba con la otra cara del deslumbrante “cochazo suizo”.

Fueron los propios ciudadanos suizos con los que pude hablar –algunos de ellos, hijos de emigrantes españoles que llegaron hace años; los llamados “emigrantes de segunda generación- quienes me relataron cómo entraban al país los recién llegados, primero, y en qué condiciones vivían y trabajaban después.

Me pareció que el control sanitario al que por entonces habían de someterse ya tenía un barniz de intangible discriminación, que sin embargo de ninguna manera podía catalogarse como ilegítima. Nada hay más lógico y cabal que preservar a cualquier precio la propia salud. Sin embargo, las fotografías de emigrantes haciendo cola para superar esos exámenes evidencian la existencia de dos mundos, uno mucho más desarrollado que el otro, que establecerían en ese punto simbólico un contacto físico: esas colas son la frontera invisible. Sebastián percibió ahí lo que por supuesto ya imaginaba anter de partir: que no era un turista en viaje de placer.

Sin duda por toda la mitología establecida alrededor del milagro suizo, me sorprendió también que los trabajadores -a los que yo, tal vez porque allí vivía Alfredo Landa en su película, siempre imaginé albergados en pensiones baratas- fueran, habla de nuevo Marc Vuilleumier “alojados en campamentos de barracas o amontonados en viejos edificios acondicionados apresuradamente para albergar el mayor número posible de habitantes”. Tal vez por pudor, esos mismos emigrantes que volvían a casa en coches nuevos, y con el bolsillo razonablemente lleno, eludían hablar, fuera de los círculos más íntimos, de estas condiciones de vida. En otras ocasiones, era el propio patrono quien buscaba alojamiento al trabajador, pero este debía abonar sin rechistar el alquiler fijado por el jefe, y además no tenía derecho a cambiar de domicilio durante su estancia en el país. El obrero vivía por y para trabajar; por y para ahorrar; por y para volver cuanto antes a casa; aunque eso sí, tal vez al volante de un coche por culpa del cual pensarían sus vecinos que regresaba convertido en un hombre rico.

Para completar el círculo de restricciones, los trabajadores no podían entrar en el país con sus familias; tal vez la estrategia más efectiva de cara a impedir que los extranjeros echasen raíces sólidas.

El objetivo de todas estas condiciones era evidente: mantener al trabajador apartado de la sociedad suiza, como al otro lado de un muro intangible; establecer diferencias y mantenerlas, rechazar todo sueño de integración. “Sebastián, estás temporalmente transplantado a este país. Te pago muy muy bien para que hagas un trabajo. Házlo cuanto antes y márchate”.

Las categorías en que diferenciaban hasta hace no tanto a los inmigrantes redundaban en este idea:

Trabajadores “fronterizos”, que cada mañana entran en Suiza para trabajar y regresan por la tarde a sus respectivas casas, al otro lado de la frontera.

Trabajadores con permisos de trabajo muy breve –nunca más de doce meses no renovables-, como estudiantes durante las vacaciones.

Temporeros con permiso de trabajo A, de nueve meses al año renovables; o permiso B, de un año también renovable y acumulable, que podía transformarse al cabo de periodos de cinco o diez años, según el país de origen del trabajador, en el anhelado permiso C, de duración ilimitada y que, de hecho, equiparaba al titular con los ciudadanos suizos.

Esta situación de rechazo hubo de ir variando a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado. Se produjeron crisis, altibajos xenófobos, altibajos antixenófobos... Suiza evolucionó con las décadas, se movió paralela al paso del tiempo, y acusó, en consecuencia, el surgimiento de la Unión Europea.

Las cosas cambiaron. Todas las cosas, inevitablemente, acaban por cambiar. Las nuevas condiciones económicas, dictadas en parte por el nacimiento de la Unión Europea, hicieron ver a aquel mismo espíritu ancestral suizo, que había sabido aprovechar la situación de la posguerra, que ahora era imprescindible adaptarse a los nuevos tiempos.

En este breve viaje pude observar que por encima de los espíritus de la mayoría de las personas a las que escuché, sobrevolaba un lúcido afán que podríamos llamar “autocrítica del pasado”; también servirían las denominaciones “reflexión” o “adecuación, en algunos aspectos progresista, a los nuevos tiempos”. No parecía existir el miedo a mirar hacia el pasado, a llamar a ciertos errores por su nombre. Y las reivindicaciones y luchas echadas a rodar durante décadas anteriores, han ido poco a poco llegando a lugares concretos.

Todas estas voces estaban de acuerdo en señalar que existía, en relación con el trato de las instituciones y personas suizas a sus inmigrantes extranjeros, un antes y un después de los Acuerdos Bilaterales, que se firmaron o entraron en vigor a lo largo de 2002. Gracias a ellos, se verificó una considerable mejoría de la calidad de vida de los trabajadores procedentes de fuera del país.     

Se fijó, por ejemplo, para septiembre de 2004, un referéndum nacional sobre dos cuestiones inimaginables hace décadas: nacionalización automática para la tercera generación de emigrantes, y aumento determinante de las facilidades de nacionalización para los emigrantes de segunda generación.

La llegada de mi Sebastián ficticio a Suiza sería hoy radicalmente distinta.

 

Pero hay, de todo este viaje, una idea que me parece necesario destacar sobre las demás. Se la oí repetir dos veces –una en su conferencia; dos, durante la comida posterior, mirándome a los ojos- a un asturiano, emigrante de segunda generación en Suiza. Su historia personal, aunque se cuenta en una sola línea, me pareció sorprendente, curiosísima, conmovedora, puramente literaria... Nunca ha vivido en Asturias, y sin embargo siente una añoranza intensa por la tierra natal de sus padres. La realidad, a veces, ofrece extraños enigmas aparentemente contradictorios con la lógica. Tal vez porque este suizo-asturiano cerró con esa hermosa palabra, añoranza, el círculo que tanto atrás abrieron con incertidumbre y puede que un poco de miedo los dos Sebastianes, quiero yo ahora concluir transmitiendo su idea:

-Sartre dijo: “El infierno son los otros”, y nuestra obligación debe ser reventar ese concepto.

Toda experiencia humana, incluso la más trágica, puede y debe servir para enseñar cosas a quienes vienen después.

Las circunstancias de la historia han permitido a los suizos obtener una amplia experiencia en asuntos de emigración, y hoy sus instituciones se muestran resueltas al declarar: “la política de integración es un deber estatal”. Ese es el paso adelante. Al fin y al cabo, Europa no es el territorio más avanzado del planeta por casualidad, sino por fe en determinadas convicciones. Por tesón, afortunadamente recalcitrante, en la aplicación contra viento y marea, y muchas veces superando obstáculos más serios, de esas convicciones.

Nuestro país, como en realidad el mundo entero, vive en estos momentos el fenómeno de la inmigración de forma masiva, y muchas veces trágica. Más arriba, cuando premeditadamente describía con un tinte oscuro las condiciones de vida de los trabajadores extranjeros en Suiza, me resultaba evidente el paralelismo con las de quienes en este principio del siglo XXI llegan a España, a Europa. Pero su hacinamiento es peor, y entristece o inquieta comprender que sus víctimas lo son de nuestra sociedad concreta, con sus parámetros, depravaciones y fronteras.       

Como en este libro, como en este cuento, todas esas víctimas de hoy podrían llamarse Sebastián. O Alí, igual que en la película de Fässbinder. Lo que es seguro es que nunca regresarán a casa en descapotable.

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última modificación 25/06/2007