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Salgariana (2005)

Edición semana negra de Gijón.

 

¡Buscad a Marcia Zhangì!

Escribo deprisa, con la esperanza de que mis palabras lleguen a la Semana Negra, y pongan sobre aviso a quienes deban estarlo.

La mujer se llama Marcia Zhangì, retened su nombre. Buscadla en Gijón mientras llego. Que no huya con su secreto. Si es necesario, retenedla contra su voluntad.

Marcia es italiana, eso me dijo. Ronda los sesenta o sesenta y cinco años, puede que más; soy desastroso calculando la edad de la gente. Tiene cuerpo menudo, usa gafas de concha y lleva el pelo rizado a la moda de los setenta, tipo Diane Keaton en las películas de Woody Allen. Ahora que lo pienso, se parece bastante a Diane Keaton en las películas de Woody Allen. Lo digo por si este dato os ayuda a encontrarla.

Nuestro encuentro fue casual, y tuvo lugar en la estación de Atocha, en Madrid. Yo me encontraba en el bar, esperando la salida del AVE hacia Sevilla. Marcia se dirigía a Chamartín para coger el Tren Negro, camino de Gijón. Me vio leer el prospecto de la Semana Negra, a la que iba a sumarme días después, y se dirigió a mí animada por esa coincidencia.

-Yo también voy para Gijón –dijo después de que nos hubiéramos presentado-. Mi primera Semana Negra. Voy por Emilio Salgari, creo que este año le hacen un homenaje.

 -Efectivamente. Un libro en el que colaboramos varios escritores, yo entre ellos.

-Es que tengo información sobre Emilio, ¿sabe? –explicó, añadiendo un guiño de inteligencia; hablaba muy correctamente castellano-. Información confidencial.

-¿En serio? –dije, escéptico; pensé que se trataba de otra estudiosa que había encontrado obras inéditas de Salgari: una nueva entrega del Corsario Negro, alguna aventura inimaginada de Sandokán... 

-Se trata de una novela de Emilio que nadie conoce. Él la consideraba su obra maestra.

Y sacó de su zurrón, también modelo Diane Keaton, un libro viejísimo, de tapas blandas color crema sucio, medio desencuadernado, con un paisaje junto a un lago por insulsa ilustración de portada.

El título era “Vendetta”, y su autor un tal Ettore Spatoletti.

-No se trata de una de las novelas primorosamente buenas de Emilio; al contrario, no vaya usted a entusiasmarse. Incluso diría que es de las peores. Ya sabe que los dramas humanos, los sutiles, quiero decir, no eran su fuerte. ¡La creatividad es tan traicionera! Fíjese que tuvo todo el tiempo del mundo para escribir “Vendetta” y... Pero su interés extraordinario radica en otro sitio. Sin ir más lejos, la fecha de su escritura: 1923.

¿1923?, me pregunté extrañado.

-Ya, ya sé que es chocante –continuó Marcia como si me hubiera leído el pensamiento. 

Salgari, si la memoria no me engañaba, había muerto en 1911. Se degolló en un parque solitario, acuciado por infinidad de problemas, sobre todo económicos. Vendía muchísimos libros, pero había cometido el terrible error de firmar con su editor un contrato de auténtica esclavitud. Cobraba una cantidad fija por novela entregada, con cláusula de renuncia expresa a los derechos de autor posteriores. Si hubiera hecho lo contrario habría sido millonario. Puede que nunca se hubiera matado.

-¿Ha leído las cartas que Emilio escribió antes de suicidarse? –quiso saber Marcia.

Negué con la cabeza.

-Son célebres, sobre todo la que escribió a sus editores... “A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome en la miseria, solo os pido, ya que tanto ganasteis con mi sufrimiento, que paguéis los gastos de mi entierro. Os saludo rompiendo la pluma”. ¿Qué le parece?

-Muy en su estilo. ¿Es cierto que se cortó el cuello?

-Con una navaja. El 25 de abril de 1911. En el parque que visitaba frecuentemente con sus hijos. Lo hallaron al día siguiente, con esta carta y alguna otra encima. Por aquellos días se inauguró en Turín la Exposición Universal, que tanta fama llegaría a alcanzar, y su entierro pasó prácticamente desapercibido. Casi nadie fue a darle el último adiós.

-Triste final...

-No se crea. Estaba todo bien calculado, muy medido. Y la Expo de aquel año, con todo el bullicio que desencadenó, era parte del plan. 

-¿Qué plan?

-Este –sentenció Marcia posando la mano sobre la portada de “Vendetta”-. ¿Sabe qué pasó con la obra que dejó Emilio tras su muerte?

-No... –dudé-. Es decir, tengo la misma idea aproximada, o inconcreta, como prefiera, que todo el mundo. Sabía que se había matado, y que sus libros y personajes fueron y son mundialmente célebres.

-Eso es solo la superficie. La verdadera desesperación de Emilio tenía su origen en las privaciones que sufría su familia, por su error al firmar aquel contrato de por vida; fíjese bien lo que he dicho: “de por vida”. A todo ello se sumaba muy especialmente la enfermedad de su amada esposa Isa, que había perdido la razón y se hallaba recluida en un manicomio que Salgari no podía pagar. Todo ello le decidió a matarse. O, para ser más precisos, a “quitarse la vida”. ¿Me sigue?

-No.

-Ya me seguirá... En 1909 Salgari había intentado hacerlo, “quitarse la vida” arrojándose contra una cimitarra. Muy salgariano, reconozcámoslo. Pero apenas se provocó algo más que una herida superficial. Bastaron unos días en cama para que se encontrase como nuevo, a merced otra vez de los editores que le exigían la entrega de un número diario de páginas. Pero durante aquella convalecencia Salgari reflexionó. Personalmente, creo que el episodio de la cimitarra fue ser una especie de representación teatral. Salgari se regaló un pasado falso de hombre con tendencias suicidas, esa es mi teoría.

-¿Tiene pruebas?

-No. ¿Y usted alguna de lo contrario? Dígame, ¿podría demostrar que Emilio no fingió aquel intento de suicidio? Continúo, pues. Tras su muerte, los editores siguieron enriqueciéndose a su costa. La máquina Salgari, que “se vendía como el pan”, no podía detenerse. Omar, uno de los hijos del autor, fue quien continuó suministrando argumentos nuevos que posteriormemente distintos “negros” convertían en novelas o relatos. Como si a Salgari le hubiese sobrado tiempo para escribir historias e irlas echando al cajón... ¡Absurdo de base! En todo caso, fue preciso redactar contratos nuevos, y Omar se mostró más cauteloso que su padre, o estaba mejor asesorado. La situación familiar mejoró. Esta es la historia, la historia oficial que todo el mundo conoce. Pero hay otra.

-¿Que solo sabe usted...? –me atreví a ironizar.

-No –respondió Marcia, muy seria-. Mi madre también la conocía. De hecho, la descubrió ella. Mi madre nació en Capri y vivió allí toda su vida. No era una mujer culta, aunque sí lista. Tras la Segunda Guerra Mundial, mi padre y ella lograron hacerse con un pequeño horno de pan que consiguieron convertir en rentable. Siempre hemos vivido bien, aunque sin renunciar al trabajo duro. El pan siempre se vende muy bien; si me permite la ironía, diré que casi tanto como los libros de Salgari. Pero antes de la panadería y de la prosperidad, antes también de que naciera yo, mi madre, siendo adolescente, trabajó como asistenta para distintas familias adineradas de la isla. Una de ellas era la familia Spatoletti, a cuyo servicio entró a mediados de 1925. El padre, Ettore, era un hombre de unos sesenta años, muy cordial y relajado, encantador, buen educador de sus hijos y magnífico y enamorado esposo. Se sentaba todas las mañanas en el jardín de su espléndida mansión frente al mar y allí, siempre con un cigarro entre los dedos y un vaso de buen vino a mano, escribía la novela que, según él, revolucionaría la literatura europea: “Vendetta”. Ettore no hacía otra cosa que escribir, ocupación que le permitía su fortuna, de ignoto origen. La esposa de Ettore, Isalda, era mujer de salud quebradiza, y a veces, aunque solo en muy contadas ocasiones, parecía aislada del mundo, o extravagante, lo que no lograba deslucir la felicidad del matrimonio y su numerosa prole. En realidad, “Vendetta” estaba concluida desde algunos años atrás, en concreto desde 1923, y lo que Ettore hacía era corregirla una y otra vez, sin descanso, mientras esperaba las respuestas de los editores, que siempre eran negativas. Ettore se deprimía durante un tiempo tras cada nuevo rechazo, pero enseguida retomaba, incansable, la corrección de la novela.

-¿Y qué tiene que ver Ettore Spatoletti con Emilio Salgari, aparte de las iniciales?

-¿No lo ha captado aún? Spatoletti era Salgari. Mi madre, como tanta gente por aquella época, había soñado de niña con las aventuras de Sandokán, del que era gran admiradora. Conocía todas sus novelas, y por eso quedó asombrada cuando, limpiando un día el desván de Villa Spatoletti, halló una enorme maleta llena de papeles escritos con letra diminuta por ambas caras, en los que se nombraban a Sandokán, Yáñez, Kammamuri, Tremal-Naik y, por supuesto, Lady Marianna. No pudo evitar leerlos, no olvide que entonces tendría dieciséis o diecisiete años, y descubrió que eran aventuras inéditas de sus amados personajes. Al desconcierto siguió la curiosidad, y a la curiosidad el deseo de saber más, sobre todo cuando comprobó que la letra apretada de aquellas historias inéditas era la misma que llenaba las páginas de “Vendetta”. Es decir, quien redactaba personalmente aquellas aventuras ocultas de Sandokán no era otro que Ettore. Por supuesto la, llamémoslo así, investigación de mi madre, no fue más allá de esa curiosidad que jamás resultó satisfecha. Soy yo la que, años después, sacó otras conclusiones, probablemente por mis estudios de filología italiana y filosofía. Pero vayamos por partes. “Vendetta” encontró editor, por fin, en 1927. La novela resultó un fracaso absoluto de crítica y público. Ya le he dicho que era, y sigue siendo, de pésima calidad, a pesar de que Salgari la consideró la cumbre de su arte, su obra maestra.

-Mi tren va a salir.

-Puedo demostrar todo lo que digo.

-Así que esta –y señalé hacia el ejemplar de “Vendetta”- novela demuestra que Emilio Salgari no se suicidó. ¿De verdad quiere que me lo crea?

-Llevo la verdadera prueba en el bolsillo. Nunca me he separado de ella. Es una carta manuscrita por Ettore Spatoletti, por Emilio Salgari, felicitando a mi madre su cumpleaños. Le escribió una pequeña historieta, apenas una página, que está fechada el 24 de marzo de 1926. Espero encontrar en Gijón a alguien dispuesto a financiar los gastos de autentificación de esta carta que escribió Salgari quince años después de morir, cuando vivía bajo otra identidad, a salvo de los editores que lo tenían esclavizado.

-¿Busca gente con dinero en la Semana Negra? –pregunté, conmovido por su ingenuidad.

-Alguien habrá que se interese por la historia... Mi teoría es que Salgari, tal vez de acuerdo con su hijo mayor, decidió desaparecer para siempre. Fingió su propia muerte para verse libre de sus editores. Luego siguió escribiendo y editando historias de Sandokán y otros personajes, que teóricamente surgían de una maleta llena de papeles póstumos que dejó al morir. En realidad, esas aventuras nuevas eran escritas en la villa de Capri, donde se instaló definitivamente tras un periplo que imagino complicado, y aún no he terminado de definir. Supongo que la familia Salgari, tras la supuesta muerte del padre, vivió aún un tiempo en la casa familiar, acosados por las deudas y por la terrible locura de la madre, hasta que poco a poco las ventas de las novelas, publicadas bajo condiciones económicas más ventajosas, fueron cambiando la fortuna de la familia.

Abrí “Vendetta”... El ejemplar estaba dedicado. Las prietas palabras, de ángulos picudos, decían, lógicamente en italiano, algo así como “Para Rosa, por su amistad y su capacidad de guardar secretos”. No pude evitar un estremecimiento al pensar que, según Marcia, ese breve texto lo había escrito Salgari. ¿Parecía lógica esta dedicatoria de un señor a su criada? Si hubieran sido amantes, sí. Y tal vez lo fueron. Tal vez Marcia fue hija de Ettore, lo que me recordó algunos cabos sueltos de su historia.

-¿Cuándo murió Ettore?

-El 21 de agosto de 1932, curiosamente el día que Salgari habría cumplido 70. La edad que tenía Ettore cuando falleció –concluyó Marcia antes de recuperar el libro y ponerse en pie. Tenía que darse prisa si no quería perder el Tren Negro.

Se despidió con gran amabilidad, sinceramente agradecida de que hubiese escuchado su historia, y se perdió entre la gente. Sonreí al sorprenderme a mí mismo fantaseando sobre la posibilidad de que fuera hija de Emilio Salgari. Los escritores no perdonamos una para ponernos tiernos.

Curiosa y triste historia la de Ettore-Emilio. De ser cierta, el escritor más vendido de su época no habría sido capaz de lograr que la novela que él consideraba verdaderamente buena, su obra maestra, obtuviera, bajo seudónimo, una acogida mínimamente digna.

¿Quién recuerda hoy a Ettore Spatoletti? ¿Quién lo recordó en su día?

Acabé el café y me dispuse a tomar mi tren.

Estábamos ya camino de Sevilla cuando la pregunta crucial se me apareció ante los ojos con letras grandes de neón con rebordes amarillos.

El 25 de abril de 1911 fue hallado un hombre degollado en aquel parque. Si no era Salgari... ¿quién era?

Pero Marcia no estaba ya para contestar, y elaboré mi propia teoría.

¿Asesinó Emilio Salgari a un hombre inocente para lograr la felicidad de su familia?

Marcia no había hecho la menor referencia a esta cuestión, pero no podía aceptar que una mujer tan sutil e inteligente lo hubiera pasado por alto. ¿A quién protegía? ¿Y si toda la historia era cierta?

Todas estas preguntas surgieron camino de Sevilla. Apenas me hallé ante un ordenador, escribí apresuradamente mi aventura y la envié a todos aquellos visitantes veteranos de la Semana Negra que podrían movilizarse.

A ellos, a vosotros, os repito:

La mujer se llama Marcia Zhangì, retened su nombre. Buscadla en Gijón mientras llego. Que no huya con su secreto. Si es necesario, retenedla contra su voluntad.

Y preguntadle:

¿A quién asesinó Emilio Salgari el 25 de abril de 1911, el día de su supuesto suicidio?

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última modificación 25/06/2007