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mestizo
Leyendas de Bécquer (2007)
I El pájaro de alas color esmeralda reposaba sobre la espalda desnuda de Beatriz con el pico rojo y azul apoyado sobre una de sus nalgas. Cuando la muchacha realizaba algún movimiento el pájaro parecía agitarse a la luz del quinqué, aletear por un breve instante dispuesto a alzar el vuelo, pero finalmente permanecía inmóvil, muerto como en realidad siempre había estado, adherido a la piel blanca donde una década atrás, para festejar el decimoctavo cumpleaños de la joven, lo había fijado el más reputado artista del tatuaje de la ciudad. Alonso, desnudo junto a Beatriz, recorrió con la yema del dedo la envergadura completa de las alas esmeralda y percibió cómo la carne de la joven se erizaba por la caricia. La oyó suspirar, ronronear agónica de excitación, y se enardeció al verla apoyarse sobre rodillas y codos, agitando suavemente la grupa alzada. Las alas esmeralda danzaron en movimiento explícito y sensual. La evidencia de que |
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Beatriz seguía siendo víctima de la fiereza de su propio deseo a pesar de los cuatro años transcurridos desde la noche de bodas encendió de forma irreversible a Alonso. Respiró el olor a humedad sexual de su esposa, notó la sangre revolucionarse dentro de él, precipitada hacia las venas del miembro hinchado, y cuando penetró a Beatriz y comenzó a moverse al ritmo que parecían marcar las alas esmeralda pensó en la primera vez que había tomado aquel cuerpo pálido y joven, cuando su amor era aún hermoso y dorado, sin dobleces, tan diferente a como lo sabía y sentía ahora. Beatriz era, seguía siendo, un animal salvaje de orgasmo fácil, múltiple, imparable, y verla gozar aún estremecía a Alonso a pesar de las oscuridades que anidaban en él desde que había resuelto abordar su siniestro plan. Se abandonó a las progresivas embestidas de la hembra, que buscaban chocar con las suyas propias como el mar contra el malecón en las noches de temporal, y eyaculó con violencia, gritando hasta que le dolió la garganta. Únicamente inmerso en el orgasmo se sentía inocente, y al finalizar buscó alargar el remanso permaneciendo exhausto dentro de la mujer, transitoriamente a salvo de sí mismo. Notó las contracciones vaginales con las que Beatriz logró aún procurarse nuevas descargas de placer, y la oyó luego gemir prolongadamente mientras, vencida y plena, luchaba por recuperar la respiración. Alonso a veces la envidiaba, tan tranquila, simple y feliz, tan ajena a todo. Y en esos instantes, los del reposo inmediatamente posterior a la furia sexual, percibía cómo a pesar de su irrevocable determinación criminal todavía quedaba algún poso de amor hacia ella. Pero solo en esos instantes. -Qué salvaje te has puesto, qué hermosa... -susurró, zalamero y otra vez mentiroso, al oído de Beatriz-. Te movías tanto que tu pájaro esmeralda parecía a punto de volar... La melena rubia de ella, sudorosa y apelmazada, se pegaba al rostro de ambos, y olía igualmente a sexo. Todo, también alrededor de ellos, desprendía olor a sexo. Intenso y puro, lograba imponerse sobre los efluvios radiactivos que desde la catástrofe nuclear acaecida seis años atrás enrarecían el aire de la ciudad, adheridos al asfalto y a los edificios sin remedio, como la desolación a la mirada de la madre que ve morir al hijo recién nacido. Afuera, el cielo era del color de la fruta podrida durante el día y durante la noche, y el aire, a pesar del tiempo transcurrido, seguía sabiendo a almendras amargas. -¿Irse mi pájaro esmeralda? ¿Mi amuleto de la suerte? Jamás, amor mío... Jamás... –Beatriz comenzaba a controlar la respiración. Se volvió hacia Alonso, exhibiendo obscenamente su lengua ante él antes de lamerle el sudor de los labios, de los párpados, de la frente-. Igual que mi amor por ti, que tampoco se irá nunca... Beatriz, además de inocente, era sincera. Amaba a su marido casi con tanta intensidad como había él aprendido a odiarla a ella. -Tengo un regalo para ti –dijo Alonso, encomendándose al diablo. Esa era la frase con la que había decidido poner en marcha su plan. -¿Un regalo? –Beatriz se incorporó sobre el lecho. Su mirada ilusionada, repentinamente infantil, lograba casi imponerse sobre la rotundidad de las formas femeninas. Alonso sabía que al menos durante cierto tiempo añoraría la sexualidad infinita de ese cuerpo de mujer. -Mañana, uno de noviembre, es nuestro aniversario de boda, Beatriz. Cuatro años ya... Pues el regalo, amor de mi vida, es... ¡que he vuelto a escribir! Por ti y para ti... Se trata solo de un cuentecillo, pero... -Oh, Alonso amado... –suspiró Beatriz sinceramente conmovida, sin dejarle terminar-. ¡Al fin! ¡Qué feliz me haces...! Beatriz afirmaba que la normalidad de la vida de ambos pasaba necesariamente por el hecho de que Alonso volviera a ejercer su oficio de novelista, abandonado tras el Maremoto Nuclear que había cambiado la faz del mundo. Cierto que por el momento no se publicaban libros, pero algún día se volverían a publicar... Y era deber de todos dar el primer paso, cada uno en su oficio y vocación. -Los vivos hemos sobrevivido por algo –defendía continuamente la joven-, y es nuestro deber volver a la normalidad, intentarlo al menos. Pero Alonso, aunque fingía aceptar esa idea, no tenía en realidad el menor interés en regresar al oficio de escritor con el que, eso sí era cierto, había alcanzado alguna notoriedad en el mercado pre nuclear. El mundo surgido el 22 de junio de 2036 tras el cataclismo tan acertadamente bautizado como Maremoto era demasiado horrendo para él: la humanidad, pensaba, había regresado al siglo XIX, con todo lo malo que tal retorno podía implicar, y nada de lo bueno. La deflagración no había destruido al hombre y a sus conocimientos, pero sí a la totalidad de la tecnología sofisticada, y a la totalidad de la tecnología básica que fabricaba esa tecnología sofisticada, y a la totalidad de la tecnología manual que fabricaba la tecnología básica. Sin embargo la vida, aunque coja y debilitada, seguía arrastrándose por el planeta... Viajeros que habían recorrido el mundo en avión recordaban que se podía volar, pero apenas disponían ahora de carros tirados por mulos cansados para desplazarse, como mucho, hasta las ciudades cercanas, a merced de las partidas de bandoleros. Cirujanos experimentados en salvar vidas con técnicas digitales y rayos láser tenían pesadillas nocturnas por los chillidos de los pacientes a los que no tenían otro remedio que operar sin anestesia. Cineastas de vanguardia, revolucionarios del lenguaje audiovisual, sufrían la inexistencia de cámaras, sistemas de proyección y laboratorios, y malvivían contando historias en los colmados y tabernas. Mentes matemáticas geniales, capacitadas para enfrentarse a superordenadores inteligentes, trabajaban con ábacos artesanales elaborados con huesos de aceituna azulados por la radioactividad. Músicos antaño estelares, acostumbrados al baño de multitudes jubilosas en estadios abarrotados, tocaban por las calles tambores improvisados a cambio de unas monedas. Niños prodigio, virtuosos del teléfono móvil, carecían de otra forma de comunicación que la propia palabra. Militares que habían diseñado armas ultramodernas patrullaban las calles parapetados tras escopetas viejas, muchas veces inservibles. Solo los banqueros seguían siendo banqueros y los ricos -como Beatriz- ricos, aunque no tuvieran casi nada que comprar. Los pobres, en cambio, los ciudadanos individual o colectivamente considerados vagaban, enmudecidos y estupefactos, por las invencibles sombras perpetuas. Y a pesar de todo, la vida seguía su curso... La gente continuaba casándose y procreando, buscando el pan de cada día. ¿No lo habían hecho ellos mismos, Beatriz y Alonso, un primero de noviembre de cuatro años atrás, diecinueve meses después del gran desastre? Había personas, en fin, que incluso afirmaban ser moderadamente felices. Y los más optimistas repetían que los conocimientos atesorados por la humanidad a lo largo de siglos pervivían en las mentes de los sabios supervivientes, y solo era cuestión de lustros, o de décadas, que se volviese a generar la prosperidad arrebatada por el Maremoto. En suma, humanos altivos y artificialmente bronceados, habituados a disfrutar de innumerables comodidades alimentadas por energía eléctrica, se habían resignado a sobrevivir, encorvados y llenos de miedos, en el nuevo planeta apagado. Conocían los principios que generaban la preciosa electricidad pero carecían de las herramientas necesarias para fabricarla masivamente, y en el mercado negro que con rapidez había proliferado, viejos generadores portátiles oxidados, que en ocasiones seguían inexplicablemente funcionado, alcanzaban más valor que los diamantes o los bebés sanos. Todo era más o menos así. Pero no exactamente así, o inevitablemente así, o irrevocablemente así; solo aproximadamente así, más o menos así, casi siempre así: uno sabía que ya no había gasolina y de pronto pasaba renqueando una motocicleta; uno pensaba que ya no había religiosos de ninguna clase y de pronto se topaba con una monja; uno pensaba que ya no había lujos y de pronto se efectuaba en el mercado negro la compra-venta de un Stradivarius en perfecto estado. ¿Quién querría tocarlo? Nadie podía estar seguro de nada, y ello era debido al reinado del caos post nuclear, que podía alterar e incluso circunstancialmente negar al propio caos. Solo funcionaban con ciertas garantías los relojes de arena, las fogatas, los recipientes de plástico, las hachas, algunas pasiones humanas... ¿Volver a escribir novelas en ese mundo que tras gozar de la luz había regresado traumáticamente a la oscuridad? No, jamás... Alonso tenía planes al otro lado del mar, en la antigua Centroamérica, donde se decía que aún existían lugares con cielo y mar azul, con frutas frescas en los árboles verdes, con agua potable nítidamente transparente, y con aire... ¡Aire que sabía solo a aire! Era cierto que con la fortuna de Beatriz, heredado tras la muerte de sus padres y de su único hermano en el Maremoto, el matrimonio podía permitirse una vida regalada de absoluto privilegio. Pero el precio era, para Alonso, soportar durante el resto de su vida a su pegajosa esposa enamorada. No. Bajo ningún concepto. Alonso se repetía que debía ser libre, que lo merecía. Y para ello pretendía aprovechar el hecho de que los ricos supervivientes se hubiesen aliado en un gran grupo paramilitar, mezcla de estado alternativo y banda mafiosa, donde seguían imperando viejas leyes como el derecho de herencia. Uno de esos líderes había afirmado que el paso esencial para recuperar la normalidad era reinstaurar a sangre y fuego la diferencia de clases. Regresar a los conceptos anteriores a la Revolución Francesa. Eso, afirmaba el prócer, era lo único bueno del Maremoto: el fascismo no tenía que disfrazarse para retornar, y pronto reinaría sobre la despellejada faz de la tierra. Alonso, por tanto, heredaría la fortuna familiar caso de que Beatriz falleciese. Luego ya tenía localizados a los mercenarios que contrataría para que lo escoltasen, a él y a su fortuna, hasta el Nuevo Mundo. Pero para ello era preciso dar antes el paso terrible; y, de entrada, poner en juego su propia vida adentrándose en el territorio de los Infectados. Esa noche. Ese instante. Ahora, sin más dilación. -¿Quieres que te lea el cuento, Beatriz, amor mío? ¿Ahora, sin esperar más? –preguntó; el nerviosismo por el plan que se ponía en movimiento mordió las paredes de su estómago como un vértigo sin retorno-. Es un poco duro. Está inspirado en aquel hecho terrible, cuando los dementes radiactivos irrumpieron en el arzobispado y sodomizaron sin piedad al desdichado padre Gelli, el enviado del Vaticano. -No importa, mi vida. Léemelo, Alonso mío. Tu poesía y tus relatos me confortan y me dan fuerza y alegría. Además, es bueno que reflexionemos sobre las atrocidades vividas. Estoy seguro de que el bondadoso padre Gelli habrá perdonado a sus agresores. Alonso asintió, aunque había oído que el padre Gelli, enloquecido tras la horrenda violación múltiple, lideraba vestido de obispo vengador el cada vez más poderoso grupo paramilitar y ultra católico autodenominado Los Matamuertos, sádicos y delincuentes comunes que asolaban las colonias de cadáveres vivientes de los extrarradios. Pero ¿a qué comentárselo a Beatriz? Sacó un pliego de papel del cajón de la mesilla, se acomodó junto al quinqué, carraspeó y comenzó a leer en voz suave e impostadamente amorosa:
En la basílica, resonaba solemne la música del órgano. El esqueleto arrodillado en la última bancada se puso en pie y avanzó por el pasillo central hacia al altar mayor. A cada paso espasmódico, lo imitaban otros esqueletos de los que ocupaban los bancos. Pronto formaron una larga fila de comulgantes. Cuando el primer esqueleto llegó ante el altar enmudeció el órgano, y entonces se adueñó del aire de la casa de Dios el rumor de huesos vivos en movimiento. Los fieles llevaban muertos tiempo indefinido, tiempo imposible de catalogar. Todos mostraban respetuosos rictus en sus calaveras. El obispo, único ser humano vivo del lugar, respiraba agitadamente junto al sagrario, conteniendo las ganas de llorar. Tenía la cabeza descubierta, con cuatro largos pelos blancos despeinados, y le cubría el rostro una barba descuidada de varios días. Parecía un vagabundo disfrazado de obispo, un obispo prófugo o criminal. Una correa de perro con remaches metálicos le ceñía el cuello. Cuando el esqueleto bajó respetuosamente la cabeza, el obispo tomó el cáliz con las sagradas formas y descendió tembloroso hacia los siniestros fieles. Un esqueleto infantil vestido de monaguillo le auxiliaba en el servicio. El obispo, al hallarse cara a cara frente a la calavera que abría la boca para recibir a Cristo, no pudo reprimir un sollozo. Se agitó y dudó, temeroso de la blasfemia que se disponía a cometer. Entonces el monaguillo, al observarlo, trepó por la casulla con agilidad inesperada de simio feroz, se situó sobre el hombro del desdichado sacerdote, tiró de la correa, asfixiándolo casi, y le gritó al oído obscenas amenazas. El obispo, aterrorizado, tomó la sagrada forma y depositó en la boca sin lengua el cuerpo de Cristo. Las notas del órgano resonaron de nuevo. Los fieles, tras comulgar, iban regresando a sus respectivos asientos. Gruesas lágrimas corrían desbocadas por el rostro del último obispo vivo. Y fue en ese instante cuando...
-¡Oh! –dijo Alonso. -¿Qué ocurre, amor? –se alarmó Beatriz-. ¿Por qué te detienes justo ahora, cuando tan escalofriante se me antojaba la peripecia? -El resto del cuento... ha desaparecido. No está –mintió Alonso mientras fingía rebuscar entre los folios. -Oh, amor... Es tan bello y poético. Y tan terrible a la vez. Has descrito con una metáfora de infinita hermosura el fin de la humanidad. Beatriz tenía los ojos húmedos de emoción. Siempre que oía leer a su esposo, fuesen las historias que él mismo había escrito en el pasado o las de otros, se conmovía hasta las lágrimas. Eso era para Alonso lo mejor y lo peor de ella, la cara y la cruz de Beatriz: Lo mejor: su amor, su amor total, entregado, absoluto, infinito y eterno. Lo peor: su amor, su amor excesivo, absorbente y afanoso hasta la obsesión. A causa del primero se había enamorado de ella y la había desposado. Por el segundo había concebido la idea de matarla. -Pronto, pronto... –instó Beatriz-. ¿Dónde está el resto? Quiero oírlo todo. ¿No ves que tu poesía me devuelve la alegría en forma de lágrimas de felicidad? ¡Pronto, el resto, Alonso mío! Alonso fingió gran preocupación y desaliento. -Creo, mi vida, que lo olvidé en el Viejo Café. -¡Oh, amor! ¡No! La decepción y el miedo se pintaron en el rostro de Beatriz. El Viejo Café había sido hasta el Maremoto la cafetería de un lujoso hotel del centro de la ciudad. En la actualidad, en el local en ruinas se reunían, hasta que la sucia luz del día lo permitía, antiguos poetas e intelectuales a remedar entre las sombras las tertulias literarias anteriores al Fin. Puesto que ya no había libros, ni autores, ni editores, elucubraban sobre los caminos que habrían tomado, caso de no haberse producido el desastre, los grandes autores anteriores al mismo. A veces, alguno de los tertulianos osaba sugerir que era responsabilidad de los supervivientes volver a dar vida a la literatura muerta. Casi todos lo rechazaban, probablemente por miedo a dar el primer paso. Pero ninguno podía ocultar que había notado cómo se le habían humedecido los ojos aquel día que alguien encontró en la ciudad de barro un libro viejo, roto y sucio, y lo aportó a la reunión para que todos, uno por uno, lo fueran palpando, oliendo, acariciando... -Qué lástima, Alonso, qué contrariedad... Ahora no podré saber cómo continúa hasta mañana, cuando vuelva el día y podamos regresar a recogerlo sin miedo a los Infectados. Alonso inspiró teatralmente. -No, mi vida. Es nuestro aniversario, y no pienso permitir que nada empañe tu felicidad. ¡Voy a regresar al Viejo Café! –anunció solemne. Beatriz se abalanzó sobre él, el rostro atravesado por el terror. -¿Estás loco? Ya se ha oscurecido el cielo rojo. Los Infectados acecharán por todas partes. -Es igual. Quiero demostrarte mi amor y lo haré. Alonso se puso en pie y comenzó a vestirse, satisfecho porque su mujer no hubiera detectado fisuras en la escasa verosimilitud de la excusa esgrimida para abandonar en plena noche la seguridad del chalé de lujo. Beatriz, melodramática como siempre, se arrojó desnuda a sus pies, suplicándole que renunciase. Él, al verla en tal actitud, sintió el cosquilleo de una erección, pero la desoyó mientras terminaba de vestirse, y también cuando, camino de la puerta, la joven se arrastró por el suelo tras él. -Hasta el alba, Beatriz. Volveré con la prenda de mi amor. El cuento que escribí para ti. Y salió. Beatriz, llorosa y desconsolada, quedó tendida boca abajo. A la luz del quinqué, el pájaro de alas esmeralda reposaba sobre su espalda desnuda, con el pico rojo y azul apoyado sobre una de las nalgas... Los hipidos de la muchacha parecían animar con espasmos al pájaro muerto dibujado sobre la piel.
II
Bajo el cielo color mermelada de frambuesa, en la pestilente noche otoñal, el cadáver viviente de Gustavo recordaba con desgarro sus días gloriosos de estrella del rock, cuando convocaba a miles de seguidores entregados. Erguido sobre la montaña de basura en la que reinaba sobre otros Infectados como él, contemplaba la ciudad en ruinas en la que una vez vivió feliz. Solo unos cuantos cientos de metros separaban ambas comunidades humanas, y sin embargo podían considerarse universos distintos, galaxias distantes millones de kilómetros. Gustavo, en esos momentos de voraz melancolía, se orientaba por las fogatas y antorchas que iluminaban los viejos edificios derruidos para localizar los lugares significativos de su pasado: el lugar donde había estado la torre en cuyo ático se ubicaban las oficinas de su casa discográfica, la zona residencial en uno de cuyos chalés había vivido feliz con su mujer y sus hijos, incluso la carretera del ya inexistente aeropuerto donde a bordo de un taxi, regresando a casa tras un concierto en Alemania, le había sorprendido el Maremoto. Con tesón masoquista revisaba una y otra vez ese instante: su mujer, por el móvil, le estaba contando con la serenidad que da el transcurrir de lo cotidiano que esa noche a la hora de la cena iban a conocer al novio de su hija cuando, en la explicación del menú con que había decidido agasajar al joven, a mitad de la palabra “ostras”, en el lapso infinitesimal de silencio entre las dos sílabas, antes de pronunciar “tras”, justo después de decir “os”, inundó el universo la gran luz compuesta de color blanco y silencio absoluto. “Os”. Una sílaba. Dos letras. Antes de ellas todo. Después de ellas nada. Pero no era el afán de flagelarse la razón por la que Gustavo revivía una y otra vez esa décima de segundo, sino la convicción de que en ella se hallaba el antídoto contra la terrorífica enfermedad que los Infectados denominaban Lepra Mental, y que misteriosamente, al azar, sin causa alguna, había golpeado a unos humanos sí y a otros no. Los leprosos que él sin habérselo propuesto lideraba iban muriendo sin remedio. Igual, cabía suponer, pasaba en otros lugares del país, del planeta. La carne, la piel, los huesos y órganos afectados por la radiactividad se pudrían lentísimamente, sin prisa alguna por acortar el suplicio que era para cada ser humano vivo su propia vida. Eran seres malditos para los otros humanos, los de las ciudades, infinitamente más numerosos que ellos, a veces armados y crueles siempre. Les tenían miedo a causa de su apariencia repugnante, causada por la lepra radiactiva. Los cazaban como a bestias, obligándolos a ocultarse entre la basura, a hacer de ella su hogar y su único futuro. En las escuelas humanas resurgidas entre los escombros se enseñaba a los niños el temor hacia ellos, y en la catedral de la ciudad, con ayuda de un antiguo dvd que según los sacerdotes funcionaba por designio divino, se proyectaba sobre el altar mayor la vieja película “La noche de los muertos vivientes”, y se basaban en sus imágenes nuevas religiones que sustituían a los mandatos de la Biblia, y que muchos ignorantes abrazaban. Sin embargo, peor que la persecución de los otros miembros de la propia especie era la secuela de la contaminación que afectaba a la memoria. Como si fueran también jirones de carne, los recuerdos se desprendían un día de las neuronas y desaparecían de la memoria, disueltas sin retorno posible en el aire de sabor a almendras amargas. Aquellos Infectados que habían sido médicos o científicos se esforzaron por estudiar la enfermedad, aunque no tuvieran medios para luchar contra ella. Alrededor de las hogueras, en consultas improvisadas sobre la basura, los doctores escuchaban a sus pacientes sin tomar notas porque carecían de papel. Memorizaban las distintas historias y síntomas sabiendo que al día siguiente tal vez todos los datos se volatilizarían de sus mentes. Pero aún así escuchaban a los enfermos, y les daban consuelo, y eran sinceros al asegurarles que luchaban con todas sus fuerzas en busca del remedio. Se daban casos de personas que habían olvidado sus convicciones políticas, otras que no lograban recordar la mirada de la persona que había sido el amor de su vida; hombres buenos que no recordaban sus actos solidarios y asesinos que repentinamente se hallaban a salvo de la culpa. Todos llevaban dentro un apocalipsis propio, pero eran muchos los que ignoraban, por olvido repentino, el significado de esa palabra. Por eso, irracionalmente y sin otro argumento que la simple superstición, se aferraba Gustavo a la rememoración de la sílaba. “Os” era su antídoto milagroso. Le ayudaba a recordar que una vez tuvo mujer e hijos, aunque los rostros de todos ellos se hubiesen alejado un día fatídico de su memoria, como náufragos alejados por la marea del madero salvador. Y por eso, también, seguía Gustavo tocando la guitarra eléctrica. La había recuperado de su casa derruida y vacía horas después del Maremoto, cuando logró arrastrarse hasta su viejo hogar para comprobar que nada de él había sobrevivido, y desde entonces la llevaba consigo siempre, como un talismán, una fe o una esperanza. La acarició antes de ajustársela a la espalda despacio y sin fuerzas, y luego, con igual agonía, la conectó al generador eléctrico portátil que constituía su mayor tesoro, rescatado en la misma ocasión de la tumba de su hogar. Gustavo pensaba que ese viejo generador era su corazón. Estaba convencido de que cuando su capacidad de generar electricidad se agotase, tan misteriosamente como había manado, él moriría. Por eso, comprometido a pesar de todo con la vida, con su vida, lo mimaba y cuidaba, lo adoraba y amaba. Ensimismado y solemne, pronunció para sí la única oración que le consolaba, “Estoy muerto, pero sigo tocando la guitarra”, y comenzó a pulsar las cuerdas de cara a la noche rojiza, invadido por el pavor intenso de saber que las notas, y su conocimiento sobre ellas, y su intuición sobre la manera más emocionante de interpretarlas, se evaporaban en su cabeza como las gotas de agua en una charca calcinada por el sol del desierto. No podía intuir que su guitarra, la única viva del mundo muerto, se oía en la ciudad agonizante, y se habían generado leyendas urbanas alrededor de ese sonido sucio, desgarrado, en permanente fuga de sí mismo pero, al fin y al cabo, o tal vez por eso, emocionante e irrepetible. Gustavo, alguna vez, había reflexionado con ironía cruel que seguía siendo una estrella del rock. Algunos supervivientes escuchaban la guitarra atravesados por el estremecimiento; otros creían ver en el tañido una amenaza, una llamada a la guerra de los Infectados contra los vivos patéticamente felices. Por ello, cuando la guitarra de Gustavo gemía en la noche, se alertaban las brigadas de Matamuertos, aleccionadas por las recompensas que las inestables autoridades habían ofrecido por eliminar esa electrificada causa de miedo entre los aspirantes a ciudadanos de bien. Unos y otros ignoraban que el único afán de Gustavo era retener junto a sí la capacidad de tocar para no convertirse en lo que ya eran tantos de sus compañeros de desventura: animales sin alma, espectrales sumas individuales de carne y nada. -Gustavo –dijo una voz a su espalda. ¿Quién podía osar interrumpirle? Los momentos con su guitarra eran los únicos en que su vida eludía el sufrimiento, y todos sabían que durante la ejecución de ese rito no se le podía molestar. ¿Quién, repitió para sí, podía osar interrumpirle? Gustavo hizo callar la guitarra posando suavemente sus dedos sobre las cuerdas, la desconectó del generador y se giró con lentitud. Ante él se hallaba uno de sus más cercanos amigos, el hombre a quien todos llamaban El Matemático porque, aunque había olvidado sumar y restar, llevaba en su bolsillo, desde el día del Maremoto, una carta en la que la vieja y para muchos olvidada Academia Sueca le anunciaba la concesión del premio Nobel de matemáticas de aquel fatídico 2036. -Hemos capturado a un Limpio –dijo El Matemático-. Dice que quiere ver a nuestro jefe, por eso te lo traigo. Gustavo clavó los ojos en el joven apuesto que se atrevía a sostenerle la mirada. Depositó la guitarra en el viejo estuche. -¿Es cierto eso? ¿Querías verme? -Si eres el jefe de esta colonia, sí. Mi nombre es Alonso. Y el arrogante Limpio tendió inesperadamente la mano hacia Gustavo, que no pudo evitar un sobresalto. Era una fórmula de saludo que el cadáver viviente casi había olvidado. Una mano tendida. Amistad... Hipnotizado por el gesto, no pudo evitar estrechar la mano del Limpio. Alonso no se amedrantó. Apretó la carne podrida con convicción, sin dejar de mirar a la cara hecha de jirones de piel. Gustavo comprendió que el tal Alonso sabía que la enfermedad no era contagiosa. -¿Podemos hablar a solas? –preguntó Alonso. Gustavo le sostuvo un instante la mirada y luego, con un leve gesto de cabeza, pidió al Matemático que los dejara. -¿Estuviste casado? –quiso saber Alonso apenas el otro hubo salido. -Sí –respondió Gustavo suspirando hacia adentro. -¿Felizmente? -Mucho -el dolor ensombreció los ojos del cadáver-. Muy felizmente. -¿Tu mujer murió? Gustavo se encogió de hombros. -¿Cómo saberlo? –respondió-. Tras la explosión no volví a saber nada de ellos. -¿Ellos? -Mi mujer, mis hijos... Tal vez murieron en el acto, tal vez habitan en otra comunidad como esta... Sí, todas las mañanas me repito que murieron. Trato de convencerme, y a veces lo logro. Pero ¿cómo saberlo? -Te envidio esa felicidad que tuviste, para qué lo voy a negar –cambió de tercio Alonso, de pronto ligeramente socarrón; no le convenía el regodeo en la tristeza de Gustavo-. Porque no sé si sabes que el matrimonio puede ser también una triste y pesada lacra, pesadísima. Mírame a mí... En mi caso, una carga tan pesada que quiero aliviarme de ella. Quiero, y voy directamente al grano, librarme de mi mujer, matarla. O más concretamente, que la mates tú por mí. Dos sensaciones de fuego surgieron en las tripas del cadáver. Por un lado, rabiosa indignación ante la propuesta. Por otro, euforia por comprobar que a pesar de todo aún le quedaba conciencia y, por tanto, humanidad entre la carne podrida. Alonso, que había previsto la posibilidad de ambas respuestas, atacó según lo planeado para provocar en Gustavo una tercera. -A cambio –comenzó a hablar mirando fijamente a los ojos muertos, y se permitió una pausa dramática antes de concluir-. A cambio te curaré. ¿Qué te parecería? Volver a pasear por la ciudad, aunque esté destruida... Hacerlo como un ser humano de verdad. -Curarme... –noqueado por la palabra, Gustavo hubo de apoyarse sobre la caja fuerte sin puerta que le servía de silla y de mesa. Sus dedos rozaron sin quererlo el estuche de la guitarra, y el instrumento desprendió efluvios de ensoñación, espejismos de regreso al pasado feliz contenidos en la palabra mágica-. Curarme... ¿Es posible? ¿No me mientes? -No. No te miento –mintió Alonso. Y vio cómo la respiración de Gustavo se aceleraba. -La curación –continuó- es posible. Se investiga desde hace algunos meses. En condiciones muy precarias, es cierto, pero con algún avance significativo, esperanzador. No hay todavía curación definitiva, pero necesitamos enfermos, enfermos como tú, que se presten a las pruebas. Juntos podemos lograrlo. Y como mínimo, hay garantizadas mejoras de tu calidad de vida. Medicinas para el dolor, comida, ropa limpia... Y la posibilidad de la curación. Su probabilidad. Alonso ensayó un gesto de solidaria emoción, apretando el brazo de Gustavo. Esta vez no pudo evitar un escalofrío de repugnancia al sentir bajo los harapos que a la altura del codo no había carne, solo hueso. -¿Por qué yo? –quiso saber Gustavo. -¿Y por qué no? –respondió Alonso, y añadió desafiante-. ¿O es que prefieres que se cure otro de los que merodean por aquí? El muerto y el vivo se midieron con la mirada. Alonso supo que el otro se plegaría a cualquier condición cuando vio cómo bajaba los ojos. -Matar a una persona inocente... –susurró Gustavo, sintiendo cómo el corazón se le encogía. Era desafortunado: había olvidado lo que eran el mar y el cine, pero su conciencia seguía conociendo el significado moral de un asesinato. -Sí. Y esta misma noche –remachó, inmisericorde, Alonso-. Tú y yo iremos ahora a la casa donde vivo con mi mujer, en el Barrio Limpio Alto. He traído una chaqueta con capucha para que puedas ocultar tu rostro. Entraremos charlando amigablemente, riendo. Gracias a mi aspecto las patrullas no repararán en nosotros. Mi mujer duerme en la habitación de arriba de la casa. Espera con impaciencia un puñado de folios que no existen, y que para ella son la prueba máxima de mi amor. Quiere que vuelva a ser escritor, como antes. Dice que el arte y la belleza pueden redimirnos, ¿te imaginas qué estupidez? Gustavo permaneció en silencio, pero sintió un asomo de solidaridad con esa esposa sensible que, en el fondo, pensaba lo mismo que él cuando enchufaba la guitarra. No quiso que creciera la simpatía hacia la mujer que iba a matar, y se concentró en el discurso de Alonso, cada vez más inmisericorde y sucio. -Quiero pensar que el sueño la habrá vencido cuando lleguemos. Hace un rato hicimos el amor y quedó agotada. Entrarás en la alcoba y la acuchillarás con esta navaja que he traído conmigo. Luego escaparás entre las sombras. Y mañana, cumplida tu parte, te presentarás en el hospital y preguntarás por mí. Este salvoconducto te dará paso franco entre las patrullas. Alonso entregó al muerto un sobre con una hoja de papel donde había escrito unas palabras cuyo único objeto era que Gustavo creyese lo que sin duda quería creer: que el salvoconducto era válido y conducía a la curación. El noble cadáver viviente ignoraba que Alonso pensaba matarlo a tiros apenas acuchillase a Beatriz, y mostrarse destrozado por la muerte de su amada esposa a manos de una bestia escapada del gueto de los Infectados. El revólver adquirido en el mercado negro un año atrás, y que ahora permanecía oculto en la cómoda de la habitación matrimonial para cumplir su destino de traición y muerte, era la única parte endeble del plan: cuando lo adquirió solo pudo comprar a precio de oro tres balas, las únicas que el proveedor poseía, y naturalmente no las había malgastado en verificar que el arma funcionase. Alonso inspiró hondo y otra vez extendió la diestra hacia Gustavo: -¿De acuerdo pues? -De acuerdo –respondió el cadáver, estrechándola. En su zurda apretaba el salvoconducto falso que solo conducía a la muerte, y su noble corazón bombeaba machaconamente al cerebro cuatro palabras dolorosas: “matar a un inocente... matar a un inocente”. Alonso lo intuyó mientras estrechaba la mano llagada, y comprendió que la conciencia del muerto podía entrañar problemas para su plan. Debía ser cauteloso, pensó mientras sonreía tranquilizadoramente a Gustavo. El muerto no correspondió al gesto por tres razones: primero, había olvidado cómo se sonreía; segundo, los músculos de su cara que impulsaban la sonrisa habían muerto tiempo atrás; y tercero y principal, las cuatro palabras seguían haciendo mella en su todavía honorable corazón: “Matar a un inocente... Matar a un inocente...”
III
Beatriz soñaba que el pájaro de alas esmeralda se elevaba desde su espalda hacia un cielo soleado, imposible y azul, mágicamente surgido del perdido pasado feliz, cuando la despertó el desgarrado chillido. Saltó sobre la cama, cubriendo con la sábana su desnudez antes de enfrentarse a la escena: Su amado Alonso luchaba contra lo que le pareció a Beatriz una sombra encapuchada que se hallaba a horcajadas sobre su indefenso esposo, que tumbado en el suelo pugnaba por sacudirse de encima al atacante. Iba Beatriz a gritar pidiendo auxilio cuando a la luz escasa de la lúgubre luna vio brillar en la mano del encapuchado un reflejo de plata. La navaja... Gustavo comprendió que si no abría deprisa la afilada hoja perdería la pelea contra el Limpio. Sus escasas fuerzas le abandonaban, y sabía que el otro lo estaba percibiendo. Solo el factor sorpresa le había permitido tomar la iniciativa, derribar a Alonso cuando este, lejos de imaginar que sus planes estaban a punto de torcerse, únicamente esperaba ver cómo la navaja entraba en el cuerpo desnudo de la muchacha. La navaja... Atrapado entre los muslos progresivamente debilitados de Gustavo, Alonso vio relucir la hoja y sintió terror. Sabía que era cuestión de unos pocos segundos inclinar la balanza de su lado, derribar al muerto y acabar con él. Pero al ver alzarse el filo sostenido por las manos del cadáver supo que no tenía esos pocos segundos. Nada iba a librarlo de la primera cuchillada. ¿Qué había pasado para que el Infectado le atacase con semejante furia? -¡Beatriz! –gritó en desesperado intento-. ¡El revólver, en la cómoda! ¡Rápido, en el primer cajón! ¡Mátalo! El grito de su amado desbarató el hechizo que mantenía a Beatriz paralizada como estatua de sal. Ignoraba que su bondadoso marido tuviese un arma, pero abrió el cajón, halló el revólver entre la ropa, lo sacó, amartillándolo como le dictó la intuición, y se giró hacia los contendientes a tiempo de ver cómo las dos manos del asaltante descendían veloces hacia el pecho de Alonso. Apretó el gatillo. El estampido del disparo sonó a la vez que un desgarrado chillido de dolor masculino. Descolocada por el retroceso del arma, Beatriz vio cómo el filo de la navaja volvía a alzarse en el aire. Era su amado quien había gritado. Era su amado quien gritó de nuevo cuando la hoja le abrió la carne por segunda vez. -¡Mátalo, Beatriz! ¡Mátalo! La joven se acercó, apuntó el cañón del arma contra la espalda del atacante y apretó el gatillo. Esta vez sí gritó el asesino, esta vez sí vio Beatriz manar la sangre. Las leyendas urbanas aseguraban que los Infectados no sangraban, que si se disparaba sobre ellos brotaba humo en vez de sangre, y voces científicas explicaban que podía deberse a la falta de riego sanguíneo en los miembros. Dispararles, decían, era como disparar sobre una de aquellas antiguas piezas de carne envasadas al vacío que vendían los supermercados. Disparó por tercera vez, todavía más cerca. El impacto, de nuevo efectivo, impulsó al asaltante sobre el cuerpo ya inmóvil de Alonso, de cuyo pecho y garganta manaba a borbotones la sangre. Beatriz siguió apretando el gatillo, pero el percutor golpeó una y otra vez contra las cámaras vacías del tambor. El agresor comenzó a incorporarse. Una vez en pie, se giró hacia Beatriz y echó hacia atrás la capucha que le cubría la cabeza. Era la primera vez que la joven veía cara a cara el rostro de un Infectado: piel putrefacta, globos oculares que parecían enormes por su contraste con la delgadez extrema, carne inexistente desprendida tiempo atrás, zonas de calavera al aire... El terror y la repugnancia volvieron a paralizarla, y se supo a merced del monstruo. Gustavo se acercó un poco más. La miró durante un instante interminable. Y, de repente, dio media vuelta y huyó en dirección a la salida. Beatriz oyó sus pasos escalera abajo y el golpe de la puerta al cerrarse. Luego, desde su posición junto a la ventana, pudo ver cómo una silueta dubitativa y torpe corría grotescamente hasta fundirse con la oscuridad roja de la noche. Solo entonces volvió la joven a su realidad, a su presente y a su miedo... -Alonso, amor mío... –susurró. Se arrodilló junto al cuerpo exangüe. -Alonso, amor... –susurró otra vez. Pero su esposo no le respondió. Incapaz de aceptar que estaba muerto, Beatriz se tumbó a su lado, abrazándolo y dedicándole palabras de amor y consuelo. La respiración agitada y los hipidos y sollozos comenzaron a sacudir su cuerpo. Las alas color esmeralda se agitaron en la espalda desnuda con la solemnidad que pronto les dio el llanto incontrolable, cadenciosas como el vuelo de un buitre paciente que quisiera, en lo alto del cielo, estar bien seguro de que su inminente festín, allá abajo, estuviese muerto y bien muerto.
IV
“Matar a un inocente... Matar a un inocente...” Las cuatro palabras malditas habían lacerado el cerebro de Gustavo durante todo el camino hacia la casa donde aguardaba la víctima. “Aparte de una combustión física que dura unas pocas décadas, ¿qué es el ser humano, sino sus convicciones morales?”, se preguntaba el muerto viviente al avanzar entre las sombras junto a Alonso. Y en el acto, la realidad se apresuraba a responderle con crueldad: “¿Y qué importa, si tú no eres ya un ser humano?” ¿Era verdad? ¿Tanto lo habían pervertido la lepra radiactiva y la vida en la muerte de esos seis años? Porque, en efecto, se disponía a cometer un asesinato a cambio de una segunda oportunidad. ¿Quién podía reprochárselo? ¿Quién rechazaría semejante ocasión? Al abrir la puerta del chalé, Alonso le pidió por gestos que no hiciera ruido. Atravesaron el salón a oscuras y comenzaron a ascender por la escalera. Al fondo del pasillo había una puerta cerrada hacia la que avanzaron: la habitación del matrimonio, el escenario del crimen. Alonso abrió la puerta y le cedió el paso con socarronería obscena, invitándole con un gesto de la mano a avanzar hacia la bellísima mujer desnuda que dormía boca arriba, con la sábana hecha un ovillo a sus pies. Gustavo avanzó hacia ella, fascinado y conmovido por la esencia de vida que simbolizaban los pechos femeninos ascendiendo y descendiendo por la cadencia de la respiración. Vida que se disponía él a cercenar. Al sacar la navaja notó lágrimas en los ojos; pero no a causa del acto criminal que se disponía a cometer, sino por sus seis años de muerte, que en ese instante se contuvieron de pronto en su inmensidad atroz y completa. Todo era nada, nada sin retorno. Calculaba Gustavo dónde clavar la hoja para hacer más rápidas ambas agonías, la del cuerpo femenino y la de su propia moral, cuando la muchacha se giró, acomodándose boca abajo. Dentro del mar de añoranzas que a los ojos de Gustavo se contenía en las desnudas formas femeninas, destacó por un instante el breve aleteo del pájaro de alas esmeralda. Entonces, sin poderlo evitar ni saber de dónde provino la orden que recibieron sus músculos, se giró y golpeó con todas sus fuerzas a Alonso, que permanecía vigilante a su espalda. Fue un impulso tan irreprimible y veloz que el Limpio no pudo bloquearlo. Dudó por el impacto y la sorpresa, y Gustavo aprovechó ese desconcierto para agarrar el quinqué de la mesilla y estrellárselo contra la cara. Alonso se desplomó. Gustavo saltó sobre el cuerpo caído y lo atrapó entre sus muslos. Actuaba por un instinto desconocido de violencia furiosa dictado por el pájaro de las alas esmeraldas. Le ordenó seguir golpeando, le instó a abrir la navaja y acuchillar una y otra vez a Alonso. ¿Cuál era el poder del misterioso pájaro, por qué le obedecía? Sintió el impacto de los dos disparos en la espalda. La rabia se tranquilizó, y pudo entonces, en medio del dolor, intentar analizar los sentimientos que le habían desbaratado el alma. Se puso en pie, quitándose la capucha. Dio un paso hacia la aterrorizada muchacha a la que solo un instante antes habían querido asesinar. Quiso extender la mano hacia ella, acariciarla, pero temió asustarla aún más. Palabras inconexas se formaron en su mente, asustándole como nada lo había hecho en los últimos seis años. Lo habría todo por poder pronunciarlas... “Beatriz, hija mía, sigues viva... Olvidé tu rostro, pero he recordado, al verlo, el tatuaje que te regalé por tus dieciocho años”... Pero en vez de hacerlo eligió su último acto de amor paterno: callar, mantenerla en la ignorancia de que era él, su amado padre, quien había acuchillado al traidor Alonso. Pugnando con el deseo de decir esa sola palabra, su nombre, Beatriz, dio la espalda a su hija sabiendo que sería para siempre y huyó entre las sombras de la noche. Sabía que los dos tiros lo matarían en breve. Y dio gracias por ello.
V
Bajo el cielo color frambuesa, la guitarra dibujó en el aire descompuestas notas de electricidad desgarrada que parecía desintegrarse a sí misma, Y sin embargo, resultaba estremecedoramente bello. Conmovido por el lamento eléctrico, el Matemático despertó en mitad de la noche y se dirigió aprisa hacia el promontorio donde su amigo solía tocar, intuyendo que algo anómalo ocurría. Y en efecto allí estaba Gustavo con la guitarra ceñida, erguido y rigurosamente inmóvil sobre la montaña de basura, ante la ciudad apagada. En la espalda del músico manaban, desde dos orificios que podían ser de bala, sendos hilos de sangre. La guitarra emitió entonces una nota aguda, prolongadísima, que erizó la piel podrida del Matemático y alarmó su corazón. Se acercó a su amigo, y vio la inexpresividad de la muerte en su rostro de ojos cerrados, apagados para siempre, de los que sin embargo habían brotado lágrimas no hacía mucho. La nota aguda se prolongó como si buscara el infinito, y enmudeció de repente. El Matemático, por un instante, tuvo la convicción de que había sido tocada por Gustavo desde el otro lado de la muerte, y eso, exactamente, se propuso contar a los Infectados apenas amaneciese, como homenaje último al amigo que por fin había hallado la paz. Pero no pudo hacerlo. El Matemático se hallaba gravemente enfermo de Lepra Mental, y al día siguiente, cuando despertó, había olvidado que una vez tuvo un amigo que en sus noches de soledad tocaba la guitarra eléctrica ante las ruinas de la ciudad muerta. |
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| última modificación 06/08/2007 |