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Historias de las fotografías (2001)

Edición de Taller de Arte-Myriam de Liniers. Editores: Rafael Doctor Roncero y Sara Rosenberg.

¡Miradlos mirarnos!
Una aventura del inspector Serafín Tromba


¡Miradlos mirarnos!
Son lobos,
enjaulados para siempre
en la cárcel bidimensional
del papel sepia.
Desesperados pero feroces,
muertos pero eternos,
vivos a pesar de la muerte.
¡Miradlos mirarnos!
Ese de rostro inocente es tal vez el peor,
puede que la muchacha de apariencia bondadosa
haya acumulado odio más grande
del que ningún ser vivo pueda concebir.
¿Podríamos reprochárselo?
¿Acaso no haríamos nosotros lo mismo
de sabernos muertos,
enjaulados para siempre
en la eternidad plana
del papel sepia?

 

El inspector Serafín Tromba leyó por tercera vez el mensaje sin relajar el rictus despectivo: le parecía un poema -como todo texto escrito en una sola columna y cuyo significado, además de pretencioso, le resultase ininteligible-, y detestaba la poesía y a los poetas, seres débiles "empeñados en hallarle rimas a todo". Si le prestó atención era por su aparente importancia en el escenario del suceso macabro que investigaba: una ínfima habitación de fonda mugrienta, sin otra ventilación que un pequeño tragaluz y con las paredes empapeladas, incluyendo suelo y techo, por multitud de fotografías -a Nelson Picayuste, ayudante del inspector, le llevaría cuatro horas inventariar seiscientas sesenta y cinco- en tono sepia, antiguas, de finales del siglo XIX y principios del XX, representando a grupos distintos de entre veinte y veinticinco personas posando con esa actitud pasiva y algo estúpida, entre expectante y ansiosa, de quien se ha puesto ante la cámara sólo por no contradecir a los demás miembros del grupo, en el fondo tan indiferentes como él a la inmortalización del instante. Todos mirando al objetivo.

-En total, unos quince mil individuos retratados -había calculado en una rápida multiplicación el puntilloso Picayuste.

"Quince mil testigos y todos mudos", había farfullado para sí Tromba; Estaba de pésimo humor: un clavo inmisericorde se revolvía y le zumbaba dentro de la cabeza, justo detrás del ojo: la víspera, la juerga se prolongó más de lo previsto, y no había tenido voluntad -nunca la tenía- para rechazar el noveno vodka con tónica, el verdaderamente letal. "La próxima vez tendré cuidado", se prometió -siempre se lo prometía- mientras echaba el primer vistazo al cadáver, que yacía exangüe en el catre del centro de la habitación.

Tromba dividía a los muertos en "oscuros" -los que entrañaban enigmas irresolubles sobre su fallecimiento y, por tanto, justificaban la presencia de investigadores- y "nítidos": aquellos otros que hablaban con elocuencia suficiente sobre las causas e incluso los culpables de su tránsito a la nada. Los muertos "nítidos" eran los más apreciados por Tromba: un vistazo rutinario, una firmita al pie del escueto informe y a casa, a ver la tele y libar. Muertecitos dóciles. Muertecitos buenos. Muertecitos, ¿por qué no decirlo?, entrañables.

Éste, el cadáver al que escrutaban los aproximadamente treinta mil ojos de papel, pertenecía al segundo grupo: la mano derecha asiendo el revólver y el disparo en la boca evidenciaban el suicidio, y si se había recurrido a la policía era sólo por la desasosegante presencia de las fotografías pegadas a las paredes, que para la propietaria de la pensión no habían dejado lugar a dudas sobre la pertenencia del muerto a religiones ominosas o sectas acaso no tan lejanas que podrían contaminar intangiblemente y para siempre la intachable reputación de su honrado establecimiento.

"Necesito una copa ya", había decidido Tromba al establecer sus prioridades de la mañana. Consecuente con la resolución, optó por cerrar el caso sin más.

Y había sido entonces cuando Picayuste llamó su atención sobre el papel que señalaba, con el índice ya rígido, la mano izquierda del muerto. Una crispada llamada de socorro que ni siquiera permitió a Tromba esgrimir la excusa del respeto debido al forense y los expertos en huellas: el dedo no estaba en contacto con el papel depositado sobre la mesita de noche. Tromba, maldiciendo por la bajo, no tuvo otro remedio que cogerlo… ¡Miradlos mirarnos! Son lobos, enjaulados para siempre…

El inspector comenzaba por cuarta vez la lectura -no porque esperase extraer datos concluyentes de ella, sino porque la resaca, como le ocurría muchas veces, había bloqueado su mente, incapacitándola para apartarse por voluntad propia de las palabras del texto- cuando Picayuste, al observar con perplejidad cómo su jefe parecía a punto de dormirse mirando el papel, se permitió hacer una puntualización:

-¡Y hay algo más! -le gritó de repente al oído; Tromba, sobresaltado, respingó y levantó la vista hacia el detestado Picayuste: petimetre típico recién salido de la academia de policía, futuro hombre de bien y candidato permanente al galardón de agente del año… el hijo de la gran puta que se interponía entre él y la copa regeneradora.

-¿Algo más, eh? -Tromba apretó los dientes para disimular su contrariedad; el otro interpretó el gesto como interés sincero y procuró esmerarse en la exposición del hallazgo:

-Observe la pared.

Tromba lo hizo.

-Fotos… No me había fijado -exageró un gesto fingido de sorpresa-. ¿Cree que el culpable será alguno de ellos, Nelson? ¿Uno de estos… cuántos ha contado, quince mil?

Picayuste no captó el tono socarrón o, si lo hizo, no lo exteriorizó.

-Algunas de las fotos -continuó muy serio, señalando un círculo negro dibujado en la esquina superior derecha de una de las fotografías- están marcadas. ¿Lo ve? Con este círculito negro. De las seiscientas sesenta y cinco fotografías, hay marcadas ciento diecinueve. Curioso, ¿no?

Picayuste, pensó Tromba, parecía feliz de su propia perspicacia. ¿Por qué no habría elegido los hábitos? Ahora estaría en algún país africano, imbuyendo a los negritos rudimentos de catecismo para que abandonaran la senda del Kalashnikov y la coca.

-Hmmm -gruñó sordamente. Era su truco para crear la sensación de que meditaba; a veces, cuando la audiencia no era del todo sutil, funcionaba.

-En mi opinión -continuó entusiasta Picayuste-, el porqué de esta marca negra se halla en el papel que tiene usted en la mano. Y también el porqué del suicidio. En la otra cara del folio, al dorso. Lo ha escrito el muerto. Lo he leído ya y, en mi opinión…

-Luego está de acuerdo conmigo. Es suicidio.

-Por supuesto. ¿Qué, si no? Es una confesión en toda regla. Aunque con una peculiaridad que lo diferencia radicalmente de otras más convencionales. Eso es lo interesante. En mi opinión…

Tromba dejó de escuchar. Había visto junto a la cama, tras la pata de la mesilla, un brillo significativo. Se acercó para comprobarlo y sí… Allí estaba: una botella mediada de ginebra. Agazapada esperándole… Hmmm… Se giró hacia Picayuste impulsado por una vitalidad nueva.

-Déjeme a solas con el muerto. Ahora. Necesito pensar.

Picayuste amagó una expresión de protesta por la interrupción pero salió.

Tromba, sin demora, se acuclilló y sacó la botella, la abrió, olió el contenido, suspiró y bebió un largo trago sin apartar la mirada de los ojos desorbitadamente abiertos del muerto.

-Muy bien, chico -le guiñó un ojo al terminar de beber-. Generoso con papá. Te debo una.

Se tumbó junto al cadáver y ojeó la confesión. ¿Por qué no leerla? Al fin y al cabo, necesitaba unos minutos para acabar la botella.

Me llamo Zacarías Dobbs y, ante todo, diré que me considero un hombre sereno…

-No tan sereno, Zach -chasqueó Tromba los labios antes de dar otro trago-. Te habías pimplado media botella sin esperarme.

Y pulcro, emocionalmente estable, sencillo y a la vez minucioso, como corresponde a mi profesión de matemático. El dato es necesario para comprender que no me he dejado llevar por irracionalidad alguna al quitarme la vida. Al liberarme. Al -si se prefiere- cerrar el círculo.

Esta hoja que sostienes -permite, lector, que te tutee, seas quien seas- me fue vendida el diecisiete de mayo de mil novecientos ochenta y nueve en un bazar de Isjahwualad. Las condiciones del trueque no importan, aunque sí el hecho de que al dador, un europeo extravagante que ejercía hasta sus consecuencias últimas la mendicidad alcoholizada, le alegró notablemente verse libre de lo que, antes de embaucarme, definió como un "prodigioso juego matemático", y yo ahora me atrevo a calificar de simple -pero irrefutable- maldición ancestral. ¿Listo, lector, para acompañarme en mi viaje?

Busca entonces en el cajón de la mesilla de noche y saca el rudimentario tablero que, inicialmente, acaso confundas con un vulgar parchís. Cuidado, podría romperse al extenderlo.

El inspector extrajo del cajón una tablilla que, en efecto, amenazaba con desencuadernarse; la adornaban un dibujo -distintos rostros orientales mirando torvamente al eventual espectador- y un texto: Miradlos mirarnos. Tromba lanzó una risita: las palabras que tan enigmáticas le habían parecido, la puta mierda de poema, no eran sino un rótulo publicitario. Pero, ¿qué anunciaban?

Apoyó la tablilla en la cama y la desdobló como si fuese una servilleta de madera. Extendida, resultó ser una pieza de medio metro cuadrado adornada por dibujitos burdos, casillas en blanco y textos recargados: un juego infantil de origen oriental.

Pegada con un clip metálico en la esquina superior, desentonaba una fotografía que -como las demás que empapelaban el cuarto- mostraba a un grupo de hombres y mujeres jóvenes, veintiuno en total, posando con cara aburrida ante la cámara. La mente de Tromba, euforizada por el alcohol, cayó en la cuenta de que era la foto número seiscientos sesenta y seis, aunque no sacó conclusiones al respecto.

Aunque no especificaré cuál, soy uno de los doce hombres que aparecen en la fotografía junto a las nueve féminas. No intentes reconocerme, lector, cotejando la vieja imagen con la de mi cadáver: en los años transcurridos mi aspecto, a causa de la angustia y el ayuno, se ha metamorfoseado de manera considerable.

Engañosamente, la maldición de Isjahwualad parecía un juego. Sus reglas advertían que sólo existe un número preciso de destinos -veintiuno- que el ser humano pueda vivir sobre la tierra. A continuación los enumeraba, y la propuesta adquiría alguna verosimilitud gracias al amplio margen de inconcreción y generalidad que la tabla se permitía: "uno de los veintiuno cometerá un acto deleznable que lo perseguirá siempre", "uno de los veintiuno será razonablemente feliz, si bien un secreto que jamás se atreverá a compartir nublará su felicidad", "uno de los veintiuno vivirá en la medianía total, sin altibajos de alegría o depresión", "uno de los veintiuno vivirá una experiencia crucial, de muerte o de vida, en las salas anónimas y frías de un hospital"…

Todo, como se ve, muy previsible. Sin embargo, dos de ellos resultaban inquietantes:

"Uno de los veintiuno morirá violentamente, bien por mano de otro o bien por la propia mano".

"Uno de los veintiuno asesinará".

Tras la exposición de esta base, el Miradlos mirarnos pasaba a explicar las reglas del juego en sí, que consistía en elegir al azar una fotografía que reuniese a veintiún personas y comprobar -ésta era la osada palabra que utilizaba- que les correspondía uno de los destinos citados.

Divertido por la propuesta, tomé la foto que ahora tienes ante ti -en la que me encuentro con mis veinte compañeros del primer año de universidad- y me empeñé en saber qué había sido de sus vidas. No me detendré en los pasos precisos. Baste saber que observé con estupor cómo todos los destinos enumerados por el juego se habían cumplido con precisión. Todos excepto los dos fatídicos: no había muerte violenta ni asesino. El hecho, me dije, no carecía de lógica: ningún destino está cerrado hasta la muerte de quien lo vive, y por tanto todavía podía ocurrir que "uno de los veintiuno muriese violentamente, bien por mano de otro o bien por la propia mano". Y también que "uno de los veintiuno asesinase". Aunque de igual forma resultaba obvio que el asesino, caso de haber asesinado ya, ocultaría celosamente su crimen.

No le di más importancia; pero, atrapado por el reto del Miradlos mirarnos -y al amparo de la fortuna que por esa época heredé-, comencé a investigar otras fotografías que, realizadas en cualquier parte del mundo, reuniesen invariablemente a veintiún personas. Pronto descubrí que la propia dinámica del juego arrojaba un crescendo invariable: en la que pronto llamé primera fase, los destinos más simples y generalistas presagiados por la tabla coincidían con los de los fotografiados apenas se profundizaba en el análisis de sus respectivas biografías. El reto y la diversión venían en la segunda fase, la de averiguar si realmente habían ocurrido los destinos más específicos.

Pero la auténtica pasión se desataba en la tercera: ¿quién de los veintiuno había sido un asesino?

Se cometen muchos más crímenes de los que la sociedad cree y yo, lo reconozco, me obsesioné con el juego que de forma tan fascinadora me permitía desarrollar un oficio nuevo, a medio camino entre el de policía, filatélico y entomólogo.

En esta habitación inmunda, a salvo de todas las miradas indiscretas, monté mi cuartel general. Todas estas fotografías -todos estos destinos- que pueblan las paredes han pasado ya la selección previa, la correspondiente a la primera y segunda fase, cuya comprobación apenas me interesa ya. Ahora, como un vampiro ansioso de oscuridad, busco únicamente destinos sórdidos y deleznables. Busco únicamente destinos de suicidas. Busco únicamente asesinos. Cuando los encuentro -y los encuentro siempre, lector anónimo que me lees: la tabla, debes saberlo porque de algún modo tu destino está escrito en ella, dice la verdad, y los "veintiún destinos humanos" se cumplen sin posibilidad de error, inevitablemente- marco la fotografía con un círculo negro y paso a la siguiente. No interfiero jamás en los destinos que analizo: ni evito crímenes a punto de ejecutarse -pues entonces no se ejecutarían y sería yo mismo quien quebrase la sacralidad de la Tabla- ni propicio el descubrimiento o castigo de los ya cometidos. Sólo busco comprobar que existe un orden inamovible e infinito. Cada nuevo círculo negro me aproxima al único Dios verdadero, ese presagiado en el Miradlos mirarnos de Isjahwualad.

Pero hace apenas unas semanas -¿no se dice también "uno de los veintiuno vivirá en la duda, y la duda lo encaminará hacia su propio fin"?- estalló la inquietud.

¿Y si -pensé un insomne amanecer fatídico- el asesino de mi foto no era un asesino oculto, sino un asesino que, en contra de lo que yo, para despreocuparme, me había obligado frívolamente a creer, aún no había cometido su crimen? Repasé de nuevo los destinos de mi foto, hasta estar seguro: se habían cumplido todos excepto dos. No había suicidio. No había asesino.

Y casi a la vez, de forma inesperada -otra mañana, mientras me afeitaba distraídamente- restalló la pregunta en el espejo:

¿Y mi destino?

Obsesionado por la veracidad -que yo había contribuido a erigir y ratificar- de las palabras de la tabla y por el estudio de miles de destinos ajenos, había olvidado el mío propio que -de pronto lo comprendí con terror- sólo podía resolverse de dos maneras:

a/ ser un suicida y

b/ ser un asesino.

Tal vez soy un loco, pero nunca un criminal: tras mi obsesión no late sino la búsqueda de lo perfecto, de lo hermético, de lo matemáticamente verificado y verificable. La búsqueda de Dios. Como científico, poseo un alto sentido de la ética. Y la ética sólo me deja una salida: debo elegir el suicidio para no convertirme en un criminal. Así pues, hoy voy a matarme.

"Bueno", pensó Tromba interrumpiendo la lectura. "Aquí tenemos la puta confesión, ya era hora. Asunto resuelto".

Acabó la ginebra y, en agradecimiento al muerto, le dio dos palmaditas cariñosas en el rictus que ya se había congelado en las mejillas.

-He visto loquitos, Zach -dijo en voz alta al muerto-. Pero ninguno como tú… Así que veintiún destinos… ¡Serás gilipollas!

Se puso en pie y llamó a Picayuste, divertido por el castigo que había pensado administrarle.

-Nelson, quiero que compruebe -le dijo apenas lo tuvo delante- si efectivamente hay veintiún personas en cada una de las fotografías. Cuéntelas una por una, Nel… Es importante.

El ayudante sacó los ojos de las órbitas. Parecía aterrorizado, y Tromba lo celebró.

-¿Qué…? ¿Qué es eso? -preguntó Picayuste señalando con un dedo tembloroso la botella vacía.

-¿Eso? Zach y yo hemos tomado un trago como buenos camaradas. Para celebrar la resolución del caso.

-¿Está loco, Tromba? -le gritó Picayuste.

Tromba se volvió, irritado. Tal vez era el momento de atizarle una hostia, pasando de las ordenanzas.

Pero algo en la expresión de Picayuste le detuvo. En alguna parte de su mente embotada por el alcohol se anudó un cabo lúcido. La duda brotó y se convirtió en terror.

Tromba leyó el último párrafo de la confesión del suicida.

Me atemoriza sobremanera la posibilidad de que el disparo me deje accidentalmente malherido en vez de voluntariamente muerto.

Por eso he decidido envenenar la ginebra. Consumo la mitad, sabiendo que la dosis mataría a un caballo, y -ya tranquilo- apoyo el revólver dispuesto a apretar el gatillo.

Cumpliré mi destino de suicida, sí.

Pero no mataré a nadie.

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última modificación 25/06/2007