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El cine de los escolapios (2003)

José Ramón Sánchez. Ediciones Valnera, colección Memorias con Arte, prólogo.

 

Retorno a la infancia

Todos los que amamos el cine con locura matizada por un imprescindible punto de irresponsabilidad tenemos una película favorita que consideramos nuestra, que llamamos mía.
Constantemente, a lo largo de la vida entera, voceamos ante propios y extraños nuestra pasión por ella, la defendemos de sus detractores con el mismo ardor con que perdonamos sus defectos -caso de que admitamos que los tenga- y, a pesar del permanente fuego de tan fervorosa proclama, hallamos todavía hueco en el fondo del corazón para ocultar sentimientos íntimos, convocados por sus imágenes, que nunca hemos compartido con nadie.Esa película que lleva dentro cada uno de nosotros, esclavizados amantes irredentos, es un vicio, un pecado, una droga o una religión; tal vez las cuatro cosas a la vez... Y es también -quien lo probó lo sabe- una de las grandes historias de amor de nuestra vida... Nuestra película... Mi película... Sin pudor ni medida la adoramos como si fuera una diosa, la necesitamos como a un secreto amigo invisible o al hermano ideal que hace el milagro de comprender mejor que nadie, y a perpetuidad, nuestros defectos. La deseamos como a una mujer bella y misteriosa que acaso un día -el futuro pero inevitable día último de nuestra existencia, cuando todo parezca oscuro ya- nos tome de la mano para, mediante un mágico soplo de luces en la oscuridad, retrotraernos hasta el instante lejano de nuestra adolescencia -cuando todo parecía luminoso aún- en que, sobre una pantalla blanca, vimos por primera vez esas imágenes que habrían de marcarnos para siempre.

Mi película es "Grupo salvaje" (The wild bunch, Sam Peckinpah, 1969), y aunque no coincide con la de José Ramón -para conocer la suya debéis leer El cine de los escolapios-, estoy seguro de que me permitirá referirme a una de sus escenas más hermosas y hondas...
México, 1913. Tras la brutalidad del combate, uno más entre las incontables carnicerías desordenadas y anónimas que poblaron el tormentoso proceso histórico de la revolución en ese país, los pistoleros norteamericanos que capitanea William Holden se recuperan en el pueblecito donde nació uno de los miembros de la banda. Hay baile, alegría, fraternidad entre mexicanos y gringos, tequila, felicidad efímera pero tal vez por ello más palpable, más real... Holden -lúcido y majestuoso a la hora de insuflar grandiosidad al bandido que se sabe en el ocaso de la vida- observa la escena con melancolía, sentado junto a un anciano del lugar con quien comparte una botella. Ambos observan el baile; en concreto, las evoluciones, ruidosas y cargadas de tequila pero también infantilmente dichosas, de dos de los miembros más violentos de la banda. Es el viejo mexicano quien, ante esa estampa, susurra:
-Todos los hombres sueñan con volver a ser niños.
Y Holden añade tristemente:
-Sobre todo los peores.

Esta escena me noqueó cuando vi la película por primera vez, en la lejana adolescencia. No solo porque su inopinada ternura parecía un islote aparentemente incomprensible en medio de tanta violencia, sino porque lo que yo anhelaba era crecer y ser hombre, y me confundía que un pistolero hecho y derecho, con el rostro de un actor legendario para mayor desconcierto, deseara volver a refugiarse en su infancia perdida. Luego, a lo largo de los años, siempre que veía la película esperaba esta escena, y le buscaba nuevos matices a su significado claro y universal: algunos hombres de entre los considerados peores no actúan por maldad innata, sino arrastrados por el río sin retorno de la adversidad. Pero tuvo que pasar mucho tiempo, y hube de atravesar yo muchas zonas oscuras de mi vida, para comprender la verdadera solemnidad de ese momento de cine grande; para estar convencido, eufóricamente convencido, de que aunque desear por un instante el retorno a la infancia es un destino común e inevitable de todos los hombres, solo los más inteligentes, o los más maduros, o los más sensibles son capaces de extraer felicidad, para sí o para otros, de ese anhelo. Esos son los mejores hombres.
Con El cine de los escolapios José Ramón Sánchez me ha convertido por espacio de algunas horas en un niño feliz orgulloso de serlo.
Durante algunos años, los de mi adolescencia en Bilbao, fui un joven obsesionado con la idea de llegar a hacer películas, algo inimaginable -aunque yo lo imaginaba, y en pantalla grande- para las convenciones sociales de los primeros años setenta. Mi pasión y mi afán eran también mi tormento y mi incertidumbre, pero la generosidad lúcida de mis padres convirtió el sueño en realidad, y un día de octubre de mil novecientos setenta y cinco llegué a Madrid para estudiar cine. Los meses siguientes constituyeron el mejor año de mi vida, no porque luego no haya habido otros magníficos, sino porque ninguno llegaría a superar aquella sensación de vuelo libre e invicto sobre el mundo. Tan íntimo e intransferible era ese sentimiento que jamás pensé que nadie pudiera llegar a concretarlo en unas páginas. Pero José Ramón lo ha hecho, ha logrado el milagro de que muchos de aquellos momentos -que él también vivió- de sueño y lucha, de esperanza y frustración, de felicidad resurgieran dentro de mí igual que cuando estaban sucediendo realmente.
Las aventuras que vivió José Ramón por el afán de convertirse en un artista fueron las mismos que viví yo algunos años después, y fascinado por ese hallazgo de paralelismo biográfico me he dejado hipnotizar por El cine de los escolapios, me he conmovido y he reído con él, lo he amado tanto que incluso me encontré desconectando el teléfono para que el entorno, en cualquiera de sus manifestaciones, no viniera a interrumpir el prodigio que estaba viviendo: ¡soñar como un niño! ¡Serlo otra vez!
La magia fue más intensa y sorpresiva porque yo sabía que José Ramón Sánchez era un dibujante mítico, pero ignoraba que poseía también las habilidades de dotadísimo narrador, como evidencia este libro que puede leerse como unas memorias o -la opción que prefiero- como una gran, una hermosísima novela sobre la lucha de un hombre, sobre la lucha de un niño, por convertir en realidad el sueño de vivir para siempre en un mundo en cinemascope y tecnicolor. Y cuidado, sin permitirse crecer demasiado.
Como libro de memorias, El cine de los escolapios es una insólita revisión de las últimas décadas de la vida de nuestro país. Creo que nunca se ha observado el franquismo y la democracia desde la óptica de un dibujante de carteles de cine que, estupefacto ante casi todo lo que le rodea, busca refugio en la recreación desmesurada de las escenas de sus películas favoritas. Pero hay algo más, y fundamental: el libro de José Ramón escritor viene a redondear, y casi me atrevería a decir que a cerrar, la trayectoria de José Ramón dibujante, de José Ramón pintor. Gracias a él ahora, cuando vemos alguna de sus famosas obras, sabemos qué las sustentaba y empujaba. Su "Solo ante el peligro", mucho más que la simple reproducción de la figura acosada de Gary Cooper, contiene la pasión, es también el sueño febril, irrenunciable, de lograr una obra artística única, cuyos trazos forman parte de la memoria de todos nuestros corazones. Únicamente por esto merecería la pena leer este libro.
Pero quiero atreverme a más, a algo que podría incluso parecer contradictorio con la apreciación inmediatamente anterior. Quiero pedir a quien inicie la lectura de El cine de los escolapios que se olvide de que sostiene entre las manos las memorias de un personaje real. Quiero pedirles que lean con la mente abierta de quien se enfrenta a una novela. Es preciso dejar fluir con toda su fuerza esta narración, plena de sueños imposibles que se vuelven realidad y de corazones sensibles empeñados en imponer al mundo su propia ley. Huckleberry Finn, Peter Pan y El Pirata Negro se encuentran en estas páginas, pero cuando nos ven aproximarnos se apartan y se ocultan para observarnos leer. Seguramente sonríen cuando ven que también nosotros, como una vez ellos, nos vamos volviendo niños a medida que nos sumergimos en la lectura. Y es que algunas hermosas novelas logran cumplir la función más necesaria de la literatura. Venir a recordarnos que aunque seamos pequeños y mortales, aunque luchemos ingenuamente por sueños que casi nunca logramos alcanzar, alguien, a veces muy cerca de nosotros, a veces en otra parte del mapa del tiempo y el espacio, nos acompaña con sus palabras, tras las que se halla, siempre y sobre todo, el latido de un corazón. En este caso, además, el recuerdo indeleble, profundo e íntimo de una película amada.
¿Estamos perdidos? Tal vez.
Pero no solos. 

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última modificación 25/06/2007