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mestizo
La cocina literaria (2003) El Ciervo, edición de Lorenzo Gomis y Jordi Pérez Colomé.
La gente
a la que se lo cuento -esté relacionada profesionalmente con la literatura o
no- suele mirarme con estupor cuando saben que me levanto a las cinco de la
madrugada para escribir; la mayoría considera que esa hora es idónea, sobre
todo, para continuar durmiendo o, en todo caso, para acostarse, y asocian con
alguna clase de masoquismo irresponsable a quien profana tal esencia
levantándose voluntariamente para trabajar. En realidad no es para tanto: lo que de verdad hace o puede hacer inhóspita esa hora del día es la ducha apresurada, el desayuno desganado, la salida a la calle en dirección al correspondiente lugar de trabajo. Pero yo procuro dar a las cinco de la madrugada el barniz opuesto, luchando con convicción calmada contra toda prisa. Preparo el café, enciendo el ordenador, me entretengo en observar si los tejados siguen en su sitio, espío las luces aisladas que siempre destellan en alguna parte, fantaseando sobre a quién y porqué pueden estar iluminando: me esmero en imaginar historias atroces, pasiones tensas, crímenes… un entretenimiento inocente del que me saca el borboteo del café. |
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Luego más calma, toda la posible: abro el archivo sobre el que
trabajo, trato de aproximarme a él para buscar la concentración. La noche y
el silencio ayudan: alguien me dijo alguna vez que a esta hora las ideas
flotan en el aire, y las captura quien primero se empeña en ello. Creo que
tenía razón: poco a poco, normalmente en paralelo a la pausada transformación
de la noche en día, la mente va sintiéndose cómoda con la historia encerrada
en la pantalla del monitor; una hora después de haber comenzado el ritual,
los dedos van escribiendo como si fuesen los verdaderos autores de la
historia: rápidos, decididos, lúcidos. El mejor momento del día puede ser la
coincidencia de esa velocidad mental y mecánica con el día asentándose sobre
los tejados de Madrid: hasta parece que lo que escribes es bueno; tengo
comprobado que, en las sucesivas correcciones, casi nunca retoco lo escrito
en estas circunstancias. Tal vez es cierto, tal vez las ideas vuelan a
merced del primero que se levanta para atraparlas.
Esa precisión en el horario es la única peculiaridad -si se le puede
llamar así- de mi trabajo. Cuando empecé a escribir dedicaba algunos ratos
muertos a reflexionar sobre las que, con el paso del tiempo, llegarían a ser
mis extravagancias de novelista. Ahora puedo afirmar que no tengo ninguna,
ninguna en absoluto fuera de esa meticulosidad de horario; al contrario, soy
una especie de todo terreno de las circunstancias externas: ni siquiera mis
queridos tejados de Madrid -como comprobé las dos veces, una en Bilbao y otra
en Barcelona, que tuve que prescindir de ellos para terminar un libro- me
resultan imprescindibles.
A veces me pregunto si no sería capaz, llegado el caso, de escribir
como aquel personaje de Donald Westlake: un guionista acosado por la mafia
que, obligado de todas formas a entregar a su editor cinco páginas diarias,
las alumbraba de pie en el armario donde se ocultaba, a la luz de una vela y
apoyado sólo sobre una pierna, mientras la otra, doblada hacia atrás como la
de una garza, se desentumecía de la presión del ejercicio creativo. Espero, de todas formas, no tener que comprobarlo.
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| última modificación 25/06/2007 |