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CIEN LIBROS PARA UN SIGLO (2004)

Equipo Peonza. Anaya.

 

¿Nunca segundas partes fueron buenas?

 

El templo del sol fue mi primer Tintín. Debía yo de tener cinco o seis años; era la luminosa mañana de un seis de enero de principios de los años sesenta, día de reyes.

En El Callao, y en la jefatura de Policía... dice el texto de la primera viñeta. Y luego, en la tercera, aparecen –aparecieron por primera vez en mi percepción- Tintín, de espaldas, con su cabeza en forma de cebolla rubia, y Haddock, el gran Haddock, de perfil y transitoriamente amansado. En esa misma tercera viñeta había una llamada a pie de página que remitía a la lectura del episodio anterior, Las siete bolas de cristal. Recuerdo que me contrarió: era como entrar en una película ya empezada.

Sin embargo, las peripecias pronto me envolvieron, haciendo desaparecer la frustración. Las páginas se hallaban vivas, repletas de sucesos y detalles riquísimos. Y es que hay en El templo del sol una euforia narrativa imparable, además de una sabiduría digna de analizar... Tintín y Haddock son los ojos del lector, que con ellos va introduciéndose poco a poco en un mundo nuevo e inimaginado, pero verosímil por la atinada dosificación de las maravillas sucesivas. Así, cuando el lector llega al escenario que da título al libro, todo es ya posible...

Acontece entonces uno de esos momentos mágicos que todos, lectores niños y lectores adultos, buscamos y seguimos buscando en cualquier tipo de literatura: la situación dramática en la que se ven envueltos los protagonistas –van a ser quemados vivos en la pira del sacrificio, en una fecha que se fija lejana para hacer más angustiosa la espera-, y de la que aparentemente es imposible salir... y sin embargo saldrán. Aún tengo memoria de haber vivido con Tintín y Haddock aquel terrible transcurso del tiempo, su desesperación, que era la mía, y la asombrosa resolución argumental, en la que adquiere protagonismo el eclipse solar más importante en la vida de cuantos amamos la fantasía y la aventura literaria: se salvan los personajes por una prodigiosa coincidencia espacial del universo, que antes ha sido introducida en la trama en forma de ajado resto de periódico. Hay toda una filosofía de la vida y del conocimiento del mundo en esa genialidad de Hergé-escritor. Hoy lo sigo pensando.

Y hoy, como aquel lejano día de Reyes, termino El templo del sol y voy, como un niño ilusionado, en busca de Las siete bolas de cristal.

Hergé, el hombre de la biografía inexistente

Era belga y dibujaba a Tintín.

¿Es necesario añadir más sobre Hergé? Se han escrito gruesos libros sobre su vida y sus peripecias, sobre sus posibles coqueteos con ideologías abominables,  sobre sus presumibles oscuridades humanas... Pero carece de importancia todo lo bueno y todo lo malo que pudiera hacer. Creó a Tintín, y eso basta. ¿Es posible medir la influencia del periodista y su inseparable Haddock en la cultura del siglo XX? ¿Sabemos cuánto de nuestra educación primera, y por tanto de nuestros actos de hoy, viene en parte determinada por la lectura obsesiva de aquellas aventuras? Tengo libros sobre Hergé. Podría decir qué día nació y cómo le gustaba la verdura. Pero me niego a empequeñecerlo. Su genio no lo merece. Dejémoslo así:

Era belga y dibujaba. A Tintín, nada menos.

Viñeta elegida:

pág 58. Tercera línea, primera viñeta (Tintín habla al sol mientras Haddock alucina y Tornasol dice una de las suyas).

última modificación 25/06/2007