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mestizo
El americano impasible (2002) Edición El Mundo, prólogo de la novela de Graham Greene.
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La desobediencia, de todas formas, no habría tenido consecuencias irreversibles para mi futura relación con Greene: un par de años después leí "Orient Express" sin experimentar la menor fatiga; es una novela divertida y accesible, de esas que su autor, con honestidad un punto arrogante, denominaba "de entretenimiento" por contraposición al grupo de las "serias" donde encajaría la que aquí se comenta. Tal vez si el libro que casualmente se hallaba en la estantería de mis padres hubiese sido "El americano impasible" mi relación posterior con Greene habría sido menos fluida y apasionada, y quién sabe si condenada al fracaso, como en la caso de Faulkner. Graham Greene fue testigo -nació en 1904- de las catastróficas guerras mundiales y vivió en carne propia la feroz primera mitad del siglo XX, que marcó la existencia, aspiraciones y perspectivas de tantos millones de personas. Según dicen espió para el servicio secreto británico entre 1941 y 1943. Y finalizada la guerra siguió viajando hacia los principales conflictos del planeta. Quería estar cerca de ellos, conocerlos con un interés apasionado que iba mucho más allá de las obligaciones del simple periodista: recordemos que había cumplido ochenta años cuando publicó su ensayo político-viajero-aventurero sobre el general panameño Omar Torrijos. Greene era un hombre de acción al que sin embargo apasionaban los detalles aparentemente más nimios del comportamiento humano; esos sentimientos que -lo sabía como persona y lo aplicaba como novelista- experimentan reacciones mucho más extremas y atractivas -también, en ocasiones, más conmovedoras- sometidos a la tensión y el peligro: para Greene -como para Simenon, el otro gran novelista del siglo pasado-, una narración siempre es mejor si transcurre en un escenario conflictivo donde la hostilidad pueda transformarse súbitamente en peligro explícito. Y "El americano impasible" (1955) -en mi opinión, una de las cuatro grandes novelas de Greene, junto a "El poder y la gloria" (1940), "Los comediantes" (1966) y "El factor humano" (1978): no está mal, una obra maestra por década- demuestra ejemplarmente ese principio. ¿Sería Fowler el mismo protagonista escéptico y contradictorio, consciente de que jamás volverá a ser inocente pero a la vez empeñado -aunque con tesón parcial- en no sumirse más en la culpabilidad si su peripecia ética y sentimental transcurriera durante, por ejemplo, una pacífica convención internacional de vendedores de coches, y no en la Indochina de los agónicos tiempos últimos de la colonización francesa? ¿Asesinaría con la misma brutalidad disfrazada de idealismo falso el americano impasible Pyle? ¿Y Phuong? ¿Constituiría el mismo enigma femenino, fascinante de descifrar y a la vez etéreo como un ángel que tuviera la capacidad de sobrevolar el Horror postconradiano pero coherente en que la sume Greene? Fuera de esa Indochina moribunda en la que se enquistaba ya la serpiente norteamericana nada sería igual, aunque para muchos escritores menos exigentes la amarga historia de amor narrada contendría -y de hecho contiene- suficientes elementos de intensidad, hallazgo e inmersión en las profundidades del alma para justificar la existencia del libro. Nunca he comprendido que, tras leer este peculiarísmo triángulo amoroso -cuadrángulo, si consideramos la presencia sólo epistolar, pero crucial, de la esposa que aguarda a Fowler en Inglaterra y desencadena el desenlace sin llegar a comparecer físicamente en la novela-, pueda alguien excluir a Greene de la lista de los grandes escritores de nuestro tiempo. Podrían buscarse muchas razones para explicar ese injustificado desprecio, de la misma manera que podrían argumentarse al menos veintiséis grandes razones -una por novela, sin contar sus libros de narrativa y no narrativa- para rebatirlo. Pero ya que tiene el lector "El americano impasible" entre las manos le sugiero que atienda a dos escenas de esta obra maestra: una, el ataque a la torre de vigilancia, donde el realismo de los pequeños detalles físicos y la importancia concedida a los sentimientos de miedo y angustia de los protagonistas trasladan al lector, poco menos que literalmente, al inhóspito arrozal nocturno donde entre remotos cañonazos y disparos aiislados de fusil puede aguardar la muerte. Y dos, la escena cruel y patética, estremecedoramente humana, de la lectura de la carta de Helen, la esposa de Fowler, en presencia de la ingenua Phuong. En ellas se encuentra lo mejor de "El americano impasible" y, en consecuencia, lo mejor de Graham Greene, un autor sobre el que mi madre emitía un juicio equivocado: no escribía "para mayores", sino para adultos. En el sentido más comprometido de la palabra. |
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| última modificación 25/06/2007 |